martes, 21 de noviembre de 2017

Vamos con toda por ‘el centro’ De la Calle


Reza el dicho popular que “no hay mal que por bien no venga”. El Partido Liberal acaba de salir de una consulta abierta azarosa, a la que en un principio se había apuntado también el Centro Democrático, pero debido a que su amo y jefe prefirió correrse para no perder el control de las acciones (allá se hace lo que él determine), los liberales quedaron solos y debieron cargar con el látigo de la opinión pública por su alto costo. Pese a que, como explicó Horacio Serpa en medio del matoneo, “fue convocada por el Estado con cargo a una partida que existe en el presupuesto”.

O como planteó el abogado y columnista de El Espectador, Ramiro Bejarano: “Gastar plata en elecciones no es botarla, es invertirla en democracia. Es mejor que en las urnas se escojan candidatos y no que lo haga un experto en escoger "buenos muchachos" (ver trino).

El latigazo también se escuchó al día siguiente de la consulta desde la cuenta del director de La Luciérnaga de Caracol, Gustavo Gómez: “Terminó la jornada de despilfarros del @PartidoLiberal”. Yo le respondí diciendo que las consultas del liberalismo y el Centro Democrático el mismo día habrían sido un notocionón, y en ese caso nadie habría pensado en algo tan baladí como el costo de la jornada. Y para sorpresa del suscrito no solo lo reconoció, sino que comenzó a seguirme…

Lo importante es que la candidatura de Humberto de la Calle legitima y fortalece al Partido Liberal como opción política, pero a su vez es de sentido común que si llega solo a la primera vuelta no tendrá opción de pasar a la segunda, y por eso se impone un acercamiento con la alianza que hoy integran los ni-nis (ni Santos ni Uribe) Sergio Fajardo, Claudia López y Jorge Robledo. En este prometedor escenario lo ideal sería la incorporación también de Gustavo Petro después de que los tres ni-nis hayan escogido su candidato (seguramente Fajardo), y que tras la elección del 11 de marzo de 2018 surja algún mecanismo que permita dirimir la fórmula para una amplia coalición de centro izquierda entre quienes pintan como los tres finalistas: De la Calle, Fajardo y Petro.

No existe duda alguna en que de concretarse dicha fórmula, este poderoso equipo no solo habría de pasar a segunda vuelta (a la final, mejor dicho) sino que podría incluso llevarse la copa de la Presidencia desde la primera ronda… y por goleada.

Se trata entonces de meter el balón por el medio de la abertura que han abierto Uribe y Vargas, y a esta altura del partido acojo como propias las palabras del colega Carlos Ruiz, de CM&, en su muro de Facebook: “Creo en Humberto de la Calle. No me da vergüenza ni por eso pierdo mi equilibrio como periodista. Tengo derecho como ciudadano a exponer mis ideas, frente a los abusivos que creen que el periodista es un eunuco político. Me sorprende que otros periodistas defiendan sus opiniones políticas pero censuran las mías. No más hipocresía”. (Ver post).

Como dije en algún trino de reciente data, si se unen la defensa de la paz de Humberto de la Calle y la lucha contra la corrupción de Claudia López, estamos hechos (Ver trino). Ahora bien, no se puede desconocer que la imagen de la candidata de Alianza Verde quedó golpeada por las retractaciones que la justicia le ha obligado a hacer (ya van tres), sumado a que Colombia es un país tan mojigato que no tiene acogida –todavía- una vicepresidente con la preferencia de género de nuestra admirada Claudia, a quien de todos modos le esperan elevadas cumbres políticas en su corajudo empeño por hacer de Colombia un país sin ladrones de cuello blanco.

La verdadera lucha política se librará en la arena candente de la posverdad, valga la relativa redundancia. La derecha –y la extrema ídem- es consciente de la necesidad de sembrar miedo y confusión entre el electorado como recurso de supervivencia, para no seguir cediendo más terreno del que han perdido por cuenta de la corrupción que se ha enseñoreado en las filas de los tres partidos que la encarnan: Cambio Radical, Centro Democrático y Partido Conservador.

Los dos primeros en particular han enfilado baterías contra la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), en cabeza de Germán Vargas Lleras y Álvaro Uribe: ambos representan los intereses –y reciben financiación- de los empresarios, ganaderos, industriales y hacendados que acogieron entusiastas el proyecto paramilitar que pretendió acabar con la guerrilla en el ardor de las masacres y desalojos que patrocinaron, y hoy están temerosos de ser enjuiciados por los crímenes que tienen meridiana claridad de haber cometido, con el saldo a su favor ya conocido: la escrituración de tierras o bienes de centenares de masacrados y desplazados por el terror que ellos mismos auparon o desencadenaron.

Pero hay un factor que juega en contra de Uribe y Vargas Lleras (y de las fuerzas que representan), consistente que es imposible su unión antes de la primera fuerza, porque sus bases se lo impedirían. ¿Se imaginan a un Iván Duque, un Carlos Holmes, un Rafael Nieto, una Marta Lucía Ramírez o un Alejandro Ordóñez aceptando de buena gana que Uribe se sume de buena gana a la causa de Vargas Lleras porque es lo que más les conviene a los cacaos que representan…?

Por todo lo anterior, hoy se les presenta la oportunidad dorada a las fuerzas que en defensa de la paz se hallan agrupadas alrededor de Humberto de la Calle, Sergio Fajardo, Claudia López, Jorge Robledo, Gustavo Petro y Clara López, para llevar a buen puerto este magno proyecto de integración y reconciliación nacional. Basta con deshacerse de egoísmos y ponerse de acuerdo en el reparto equitativo de tareas hacia la construcción de un país donde quepamos todos, para que el triunfo esta vez (a diferencia del nefasto 2 de octubre de 2016) no nos sea esquivo.


DE REMATE: Parodiando al poeta nadaísta antioqueño Gonzalo Arango, “una mano más una mano no son dos manos, son manos unidas. Une tu mano a nuestras manos para que Colombia no esté en pocas manos, sino en todas las manos”. Y sin cambiar de tema, esta estrofa de la banda chilena Quilapayún: “¿Qué dirá el Santo padre que vive en Roma, que le están degollando a su paloma?”.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Revista Semana, ¿vocera oficiosa de la Fiscalía?




Más preocupante que las cartas que les encontraron en sus celdas a los detenidos como supuestos autores del atentado al Centro Andino, es la marcada tendencia derechista que viene mostrando la revista Semana. La salida del columnista León Valencia parece responder a ese viraje ideológico, pues fue sacado para dar cabida cada domingo a un columnista afín a las tesis del uribismo.

En su última edición Semana le dio carátula a un artículo titulado Cartas explosivas, el cual arranca diciendo que “los capturados del Mrp (…) siguen urdiendo sus siniestros planes”, como si hubiera sido redactado por un funcionario de la Fiscalía o por Claudia Gurisatti para el teleprónter de RCN (ver artículo). Ahora bien, lee uno con ojo de buen cubero y en esas cartas no aparece nada que comprometa a sus autores –ni a sus destinatarios- con el atentado de marras. Se corrobora eso sí que utilizan un lenguaje propio de ‘revolucionarios’, pero por ningún lado se aprecia algo que permita concluir que estén planeando nuevos atentados, como lo sugiere la revista.

El artículo se ensaña sobre todo en Mateo Gutiérrez León, estudiante de sociología de la Nacional allí identificado como alias ‘Mateo’, preso desde febrero de este año (o sea que no pudo participar en lo del Centro Andino, ocurrido en junio), quien comparte su celda con un guerrillero de la Farc. A este muchacho lo muestran como el autor de “una gran cantidad de cartas que el joven tenía escondidas, una de ellas dirigida al líder indígena”, cuyo nombre no precisan.

Donde más pretenden mostrarlo como culpable es en una carta dirigida “a alguien llamado Tony”, señalado de ser “un antiguo e importante exfuncionario del gobierno de Cuba” a quien “las agencias de inteligencia nacionales y extranjeras estuvieron vigilando porque aseguraban que pertenecía al G2, la inteligencia cubana”. Una de las reglas básicas del periodismo habla de contrastar la fuente (labor que sí hizo el excolumnista de Semana.com Luis Eduardo Celis), y es esa la principal falencia del artículo, pues les habría bastado comunicarse con la embajada de Cuba  para que esta les hubiera informado  que se trata de José Antonio López, quien sostuvo reconocidos contactos con las Farc como parte del equipo de enviados del gobierno cubano que seguía las negociaciones de Andrés Pastrana con esa guerrilla en San Vicente del Caguán, “todo a la luz del día y con pleno conocimiento del gobierno colombiano, según contó el mismo Fidel Castro en su libro La paz en Colombia”. (Ver artículo de Celis).

La saña contra ese muchacho continúa cuando dicen que “las autoridades se preguntan cómo un estudiante de quinto semestre de Sociología de 21 años de edad termina por entablar una amistad con un personaje del perfil político de Tony”, y agregan que según la Fiscalía “en uno de esos viajes (a Cuba) pudo recibir instrucción en uso de explosivos”. Es aquí cuando el lector perspicaz se pregunta por qué no muestran prueba alguna de esa acusación, o si es que las suposiciones valen como certezas. Pero es el propio Celis quien se encarga de desvirtuar tal falacia, cuando cuenta que “sobre la estadía de Mateo Gutiérrez con su madre a inicios de este año en La Habana y su conocimiento con Tony López, yo soy el responsable, yo los presenté: él y su esposa tienen un servicio de Hospedaje para turistas, se conocieron y entablaron amistad”.

Podría extenderme en mostrar otras muchas inconsistencias, pero la principal recae en que a Mateo y los demás jóvenes presos aún no los ha condenado la justicia, y ya los condenó Semana…

Por cierto, es la segunda vez que lo hace. La primera fue cuando recién capturados publicó un artículo titulado Las comprometedoras pruebas del atentado al Centro Andino, donde cayó en el mismo yerro de aceptar la información suministrada por la Fiscalía como verdad revelada, sin tomarse la molestia de mostrar la versión de la contraparte, o sea de la defensa. Por el contrario, allí los señala como culpables desde la primera frase: “SEMANA revela en exclusiva los detalles y las evidencias que incriminan a los nueve detenidos del MRP”. Juez y prensa, ¡vaya objetividad periodística! (Ver artículo).

En respuesta a esa publicación escribí una columna titulada Centro Andino: crónica de otro montaje anunciado, donde planteé algo que sigo sosteniendo: “Más dudas que certezas rodean la captura de los nueve presuntos miembros del Mrp”. (Ver columna). No es posible saber si todos los capturados pertenecen a ese movimiento de “insurgencia armada y desarmada” (así lo define uno de sus cándidos integrantes en esta entrevista con la periodista Andrea Aldana), y ellos mismos reconocen haber puesto petardos panfletarios en baños de la Dian y Cafesalud de Bogotá, pero el acervo probatorio que hasta ahora la Fiscalía ha mostrado –y filtrado selectivamente a medios- no permite comprobar que hayan sido ellos los autores del atentado al Centro Andino.

A esos jóvenes los venían siguiendo desde meses atrás (sin que pese al seguimiento hubieran evitado el atentado, ojo), y es aquí donde se aprecia un inquietante parangón con el montaje que le hicieron a otro grupo de similar naturaleza insurgente por los años 80, el Orp, cuando lo culparon del asesinato de Gloria Lara. (Ver artículo de Las 2 Orillas al respecto).

No es posible señalar a algún organismo de seguridad en concreto, pero el recuento de ese y otros falsos positivos judiciales –que conforman un modus operandi- permite formular la hipótesis según la cual los integrantes del Mrp dieron ‘papaya’ para ser utilizados como idiotas útiles y culpados por algo que habría realizado una ‘mano negra’ con un propósito táctico claro: desviar la atención sobre la dejación definitiva de las armas por parte de las Farc que habría de producirse unos días después, y afectar las negociaciones de paz con el Eln que acababan de comenzar.

Como dije en la columna citada, se trató de un atentado en apariencia organizado y ejecutado por gente de extrema izquierda, pero que benefició los intereses políticos de la extrema derecha.

Es la justicia la que debe resolver las dudas que aún persisten, pero, volviendo a la revista Semana, conviene hacerle la recomendación que todo profesor de periodismo les hace a sus alumnos para cuando estén frente a sus fuentes: no tragar entero.

DE REMATE: Hablando de cartas explosivas, aquí va la que le escribió la lora del ‘tenebroso’ cubano Tony López a Enrique Santos Calderón, hermano del Presidente de Colombia: ver carta.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Las FARC se retiran, las FURC se rearman




24 de junio de 1956: el liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman en la ciudad española del mismo nombre el Pacto de Benidorm, en representación de sus partidos, mediante el cual acuerdan repartirse el poder y la burocracia (o sea todos los puestos del Estado) en forma alternada, cada cuatro años.

A continuación provocan la salida del poder del general Gustavo Rojas Pinilla y un año después (20 de julio de 1957) firman el Pacto de Sitges, que da inicio a lo que se conoció como el Frente Nacional, el cual rigió en el país por dieciséis años y culminó en 1974, con el gobierno del liberal Alfonso López Michelsen.

El Frente Nacional fue la cuna de la corrupción administrativa que hoy sigue tan rampante, y su origen es de fácil comprensión: se borraron las fronteras ideológicas entre ambos partidos, de modo que sin importar a cuál se pertenecía, bastaba con estar bien relacionado en uno u otro bando (o en ambos) para chupar de la teta del Estado.

Pero hubo personas que vieron con malos ojos esa repartija y exigieron ser escuchados. Los sucesivos gobiernos se negaron a esa petición, así que aquellos al sentirse excluidos de participar en la vida democrática decidieron tomar las armas, en rebeldía contra lo que consideraban una repartición amañada e ilegítima del poder.

Tres grupos sobresalieron en más 50 años de lucha armada: las FARC, el ELN y el M-19. Estos últimos, perseguidos por el Ejército durante el gobierno de Belisario Betancur (con el que adelantaban conversaciones de paz, vaya paradoja) buscaron refugio en el monte y desesperados por el acoso cometieron el más garrafal de todos los errores, la toma del Palacio de Justicia en 1985, que culminó en la carnicería más salvaje, con unas Fuerzas Militares que aniquilaron lo que encontraron a su paso y dejaron como saldo más de cien muertos y once desaparecidos. De esta salvaje masacre con armas oficiales ayer se conmemoraban 32 años.

En el camino de la cruenta lucha armada hubo toda clase de desmanes y crímenes de lesa humanidad, hasta que finalmente las FARC accedieron a sentarse a dialogar. Y se firmó un acuerdo de paz, y ahora el ELN intenta hacer lo mismo.

Hoy vemos casi al borde del escándalo que el máximo comandante de la FARC (ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) decide lanzarse a la Presidencia de Colombia tras haber cometido el craso error de conservar la misma sigla, en lo que constituye una abierta provocación a la extrema derecha y una evidente afrenta a sus víctimas.

Es entonces cuando una facción reaccionaria de la clase dirigente que de tiempo atrás ha saqueado las arcas del Estado, conocida como ‘uribismo’ y agrupada alrededor del Centro Democrático (que nada tiene de democrático y menos de centro), decide alzarse en rebeldía contra el acuerdo de paz y contra la posibilidad de que los exguerrilleros participen en política, y manifiestan estar dispuestos “a incendiar el país” con tal de evitarlo.

Así, se advierte que asistimos a lo que el filósofo Friedrich Nietzche llamó el eterno retorno: “No son sólo los acontecimientos los que se repiten; también los pensamientos, los sentimientos y las ideas, vez tras vez, atados a una noria infinita e incansable”. (La gaya ciencia).

Después de 50 años de lucha la FARC coge ‘del ahogado el sombrero’ porque consiguen una parte mínima de lo que estaban buscando, no el poder sino una apertura del establecimiento para participar en política (o sea lo mismo cuya ausencia los llevó a armarse), y es cuando aparece su némesis dispuesta a desbarrancar el país por el abismo de un nuevo conflicto con tal de impedirlo, ya no con las armas que botan fuego sino con las de la propaganda negra, quizá más letales, como lo demostraron por los días del plebiscito que ganaron a punta de sembrar miedo, confusión, mentiras y engaños.

Lo mismo que hizo el Ejército cuando para evitar que el M-19 se saliera con la suya arrasaron con toda forma de vida que se les atravesó, eso mismo están dispuestos a hacer en su furia salvaje los que dirigidos por su máximo comandante quieren atravesarse –no como vaca muerta sino como toro que embiste- al anhelo de reconciliación nacional. En últimas unos y otros (los de 1985 y los de ahora) pertenecen al mismo bando ideológico, el de quienes recurren a todas las formas de lucha imaginables con tal de impedir que las cosas se les salgan de control.

En el caso que nos ocupa, tratan de evitar que se conozcan las más escabrosas verdades que habrán de aflorar cuando comience a operar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), y frente a la cual por cierto presentan una flagrante contradicción: mientras tratan de hundirla en el Congreso, alegan que las FARC solo pueden participar en política después de que esta los juzgue. Como quien dice, ni sí ni no sino todo lo contrario.

Después de que el mismísimo comandante del Ejército informa que no hay soldados muertos en combate y que el Hospital Militar dejó de recibir heridos (ver noticia), los uribistas se resisten a creer tanta belleza y en la práctica actúan como si se hubieran constituido en las Fuerzas Uribistas Reaccionarias de Colombia (FURC), a las cuales me referí en columna anterior.

No es cosa de chiste ni un sutil juego de palabras, no señores. Las remozadas FURC constituyen un serio peligro para la estabilidad de la nación, más cuando el gobierno de Juan Manuel Santos parece no ser consciente del tamaño y la fiereza del monstruo que le (nos) corre pierna arriba.

DE REMATE: Esta columna se inspiró en un post compartido en Facebook por Luz Marina Arango y basado en una idea de Ricardo Ucrós, según su autor Pame Rosales. Título de la obra, Trabajo en equipo.

lunes, 30 de octubre de 2017

En lugar de Vargas Lleras, MEJOR reconciliarnos




Hay dos fuertes aspirantes a la presidencia que asumen la reconciliación como el eje central de sus campañas. Según Humberto de la Calle “el tema no es terminar la guerra militar ni implantar una paz de contenido social, el tema central es la reconciliación entre los colombianos”. Y según Sergio Fajardo “reconciliación, lucha contra la corrupción y educación son los tres pilares para construir la paz”.

Buena noticia para los colombianos esta coincidencia, en parte porque Fajardo va de primero en las encuestas y en parte porque De la Calle ha manifestado su disposición a hacer alianza con los Ni Ni (ni Santos ni Uribe). Fue por ello que este último vio como “un suicidio” que la escogencia del candidato del Partido Liberal se aplazara hasta marzo de 2018, pues se recortaba el tiempo para una eventual coalición con las fuerzas que coinciden en la defensa de la paz y la lucha contra la corrupción.

Esta identidad en el punto de mira marca la pauta por el sendero adecuado, el de desarmar los corazones y acercar a los adversarios, sea para el saludo de manos o para el abrazo catártico.

La batalla por la reconciliación es la única que puede desarmar el plan macabro que se adelanta para echar atrás la columna vertebral del proceso de paz, llamada Jurisdicción Especial de Paz (JEP). Sus portaestandartes son Álvaro Uribe por el Centro Democrático, Germán Vargas Lleras por Cambio Radical, Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez por el conservatismo no ‘enmermelado’, y Juan Carlos Pinzón por Juan Carlos Pinzón, porque ni partido tiene.

Como dije en columna anterior, Vargas actúa en representación de los empresarios que en condición de ´terceros’ pudieran comparecer ante la JEP, mientras que Uribe lo hace como máximo comandante de esas fuerzas oscuras cuyos más escabrosos crímenes podrían saltar a la luz pública en los juicios que adelante dicho tribunal de justicia transicional a los militares y demás autores de delitos relacionados con el conflicto armado (verbi gratia paramilitarismo). Ellos han comenzado a hacer fila india para contar lo que saben a cambio de una pena simbólica y un perdón reparador, y en solo militares van más de 2.000.

Ya Uribe perdió un alfil cuando su exministro Diego Palacio acudió a la JEP alegando que todo lo que hizo fue para consolidar el gobierno con el que su jefe enfrentaba a la subversión (reconocimiento tácito de culpa), y perdió además una torre en el Rito Alejo del Río que por la misma vía pretende expiar sus culpas, y quizá no resulte osado vislumbrar el día en que se diera el jaque mate.

Sea como fuere, casos como los del exministro Palacio o el general Del Río muestran precisamente el papel benéfico de la JEP y su entronque con la reconciliación, pues bastará el reconocimiento o la confesión de unos delitos para que el Estado cese su acción sobre ellos.

Tan preocupados están en la caverna que hasta hubo un trino del abogado Iván Cancino, uribista de pura sangre, alertando sobre el peligro: “Espero estén conscientes en el Centro Democrático el daño que haría que Diego Palacio fuera admitido en la JEP”. (Ver trino).

El temor del senador Álvaro Uribe Vélez y la gente que le acompaña en su lucha por aplastar a la JEP reside ahí, en que deben evitar el conocimiento –y el reconocimiento- de esas y muchas otras verdades. Y para impedirlo están dispuestos a desbarrancar el país, si fuera necesario en el abismo de un nuevo conflicto, recurriendo llegado el caso a medidas desesperadas como atentar contra uno de los suyos (ya lo han hecho), todo en función de  no permitir que se destape la identidad de esos dedos cuyas ramificaciones conforman el aparato organizado de poder que en Colombia se ha conocido desde tiempo atrás como la mano negra.

La reconciliación solo obra como bálsamo reparador cuando parte de haber llegado a la verdad. Es una fórmula que incluso le conviene a Santiago Uribe, candidato ideal para presentarse a la JEP porque su expediente rebosa en testimonios y pruebas de crímenes como homicidios, torturas y desapariciones, en su mayoría relacionados con el conflicto armado cuyo fin se propuso lograr su hermano Álvaro por la vía de una victoria militar que nunca llegó pero sí sembró por todas las brigadas del Ejército el reguero de cadáveres que dejaron los ‘falsos positivos’, eufemístico nombre dado a las ejecuciones extrajudiciales de miles de jóvenes que mataron porque no estaban recogiendo café y cuyos cuerpos mostró el régimen de la Seguridad Democrática como guerrilleros caídos en combate.

La reconciliación pasa por reconocer esas verdades, duélale a quien le duela; e identificar a los autores de tantos crímenes de lesa humanidad es el requisito sine qua non para el perdón colectivo. Además, es ser conscientes de que no es lo MEJOR VARGAS LLERAS sino parte de lo PEOR, y que LO MEJOR es reconciliarnos.

Así como Álvaro Uribe se hizo elegir repitiendo hasta el cansancio el estribillo ‘trabajar, trabajar y trabajar’, al candidato que resulte escogido de la alianza que se avecina le corresponde entonces ponerse en la onda del ‘reconciliar, reconciliar y reconciliar’.
 
DE REMATE: No soy miembro del Partido Liberal ni lo he sido de ningún partido, aunque sí soy de pensamiento liberal –o mejor, librepensador- y el 19 de noviembre votaré para que elijan a Humberto de la Calle como el candidato de ese partido. Juan Fernando Cristo es una opción valiosa a futuro, muy por encima del imberbe Juan Manuel Galán y de la insufrible Viviane Morales, pero un triunfo suyo en la consulta restaría en lugar de sumar hacia la legítima aspiración del liberalismo por reconquistar la Presidencia de Colombia, tras 24 años de abstinencia.

martes, 24 de octubre de 2017

Uribe y Vargas compiten en sembrar miedo




Comienzo con un mea culpa: me equivoqué en mi columna anterior, cuando vi inminente una alianza entre Germán Vargas y Álvaro Uribe a partir de un trino de este último: “Cualquier reunión con el ex VicePte Dr. Germán Vargas o semejante, sería previamente informada a la ciudadanía”. Sumado a la cuña de Cambio Radical contra las Farc sobre una mesa de billar, coincidente con las tesis del Centro Democrático, parecían coqueteos previos a algún acuerdo.

Pero no. Se ve inminente más bien una cruda batalla a descampado entre estos dos ‘enemigos’ por atraer los votos de la derecha, algo que en el caso de Vargas podría entenderse como un ajuste de cuentas por el atentado con carro bomba que le hicieron en 2005, y cuya explicación se enmarca en la primera pregunta que se hace un detective frente a la escena del crimen: ¿a quién beneficia esto? Descartada la participación de las Farc, el principal sospechoso siempre fue el mismo DAS que debía evitarlo, entonces bajo la dirección del que para Uribe sigue siendo un ‘buen muchacho’, Jorge Noguera, condenado a 25 años de prisión por el asesinato del profesor Alfredo Correa De Andréis. (Ver video).

Lo coincidente reside en que ambos están dedicados a aplicar la consigna del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels: individualizar al adversario en un único enemigo (las Farc), y meter susto. Esa misma estrategia la usaron para ganar el plebiscito, solo que en aquella ocasión sembraron el miedo  a la dictadura homosexual, a grito herido: “¡defendamos a nuestros niños!”.

Hoy Vargas y Uribe están obligados a desarrollar el mismo libreto anti-Farc, para ocultar lo que en realidad los hermana: que sus respectivos partidos están carcomidos hasta los tuétanos por el cáncer de la corrupción. Ello explica por un lado que los candidatos del CD no logren levantar vuelo en las encuestas, y por otro que Vargas haya preferido lanzarse por firmas (que le recoge su partido, vaya contradicción…).

Sea como fuere, la jugada de Vargas es digna de admirar: juega rudo cuando apuesta sus restos en un garito donde no puede atacar a su contrincante, pues se ganaría la animadversión de quienes pretende conquistar. Así que prefiere robarle sus votos con halagos, como cuando le dijo a Noticias Caracol que la pretensión de las Farc con la JEP es enjuiciar a Uribe. Pero este ya se olió las verdaderas intenciones de su supuesto aliado, porque prefirió marcar distancia: durante un evento en Sincelejo se refirió a la incoherencia de aquellas “personas que votaron por el Sí, (…) candidatos a la Presidencia que nos decían guerreristas, se rasgan las vestiduras diciendo que cómo les van a permitir a los señores de las Farc hacer política”. (Ver noticia).

Hoy estos dos pesos pesados de la política luchan cada uno por su lado para pasar a la segunda vuelta, convencidos de que quien lo logre se hará a la Presidencia de Colombia con los votos de su rival y de todos los que hayan quedado contagiados por el influjo que ambos irrigan, el del miedo a que las Farc impongan ya no la dictadura homosexual, sino la del castrochavismo.

Tal vez fue Fouché quien afirmó que “la verdadera historia siempre es clandestina”. Del mismo modo que siguen clandestinos los autores del carro bomba contra Vargas, faltaría ver si le cabe razón a Matador cuando en caricatura reciente imaginó un pacto secreto (o sea clandestino) entre Santos y su exvicepresidente:

VARGAS: Fingimos que peleamos, luego gano las elecciones gracias al apoyo de Uribe…
SANTOS: …y después lo traicionas. (Ver caricatura).

Es por eso que quien menos fácil la tiene es Álvaro Uribe. Él sabe que para pasar a segunda vuelta su candidato debe enfrentar a tres poderosos enemigos: Santos desde la presidencia, Vargas Lleras desde su sinuosa afinidad ideológica, y una coalición de centro-izquierda en la que desde ya se vislumbran planilladas cinco fuerzas: Partido Liberal (De la Calle), La U, Alianza Verde (Claudia López), Compromiso Ciudadano (Fajardo) y Polo Democrático (Robledo). ¿Qué pasará con Petro y Clara López? Amanecerá y veremos…

Fuentes dignas de todo crédito –y al contado- especulan sobre un ‘guardado’ que Germán Vargas le tendría a Uribe, para destapar por persona interpuesta tras haberlo derrotado en primera vuelta, con el propósito de conquistar ya no solo los votos de la derecha sino también los del centro electoral, más numeroso que el que se alinea en los linderos de la izquierda.

No es fácil hacer vaticinios frente a lo que se avizora como la más sucia de todas las campañas, pero de entrada luce como imposible una eventual alianza entre Uribe y Vargas antes de la primera vuelta, ni lo permitirían los cinco candidatos del CD (¡ni Alejandro Ordóñez!).

Así las cosas, la coyuntura actual que muestra a Uribe y Vargas compitiendo por los mismos votos, se convierte en la hora soñada para una amplia coalición de centro-izquierda que arrase en primera vuelta. Miren a ver pues señores Humberto de la Calle, Claudia López, Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Jorge Robledo y Clara López.

Es ahora o nunca.



DE REMATE: Las imágenes que puso a circular la congresista Margarita Restrepo con unos políticos rivales amordazados, muestran la desesperación en que se halla el Centro Democrático y advierte sobre los peligrosos alcances que tendrán los estertores de esa fiera herida. Se le abona a Caracol Radio su responsabilidad social cuando ilustró la noticia con una sombra oscura, que señala a ese partido como ligado a prácticas propias de la tenebrosa Mano Negra. (Ver noticia).

lunes, 16 de octubre de 2017

Uribe – Vargas Lleras: cuando dos enemigos se necesitan




Hablando de una eventual alianza entre Germán Vargas y Álvaro Uribe, la revista Semana contó como si fuera la gran primicia que “en la segunda vuelta las dos fuerzas se aliarán, en la eventualidad de que uno de sus candidatos pase y el otro no”. Eso es llover sobre mojado, pues es obvio que en segunda vuelta uno de los dos va a necesitar los votos del otro, así hayan partido cobijas desde que en 2010 Vargas se opuso a un tercer periodo presidencial para Uribe.

Es antes de la primera vuelta donde tendrían que verse las caras en busca de acuerdos, si no quieren adentrarse en el reino del nunca jamás. Una unión temprana de la derecha (Uribe-Vargas-Ordóñez-Pinzón) podría forzar a que no hubiera segunda vuelta, pero un fenómeno similar podría operar en la centro-izquierda: si logran coincidir en poderosa coalición las fuerzas de Sergio Fajardo, Humberto De La Calle, los verdes, Gustavo Petro y/o Clara López, harían hit en el primer turno al bate, con bases llenas.

Hoy Vargas Lleras y Uribe coinciden en que libran una batalla frontal contra la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), el primero en representación de poderosos empresarios –ahora llamados “terceros”- que quieren evitar ser llamados a ese tribunal como supuestos patrocinadores de grupos paramilitares, y el segundo como máximo comandante de quienes siguen empeñados en impedir que se conozcan las más escabrosas verdades sobre el conflicto.

Esta coincidencia de intereses explica un comercial para TV como el de Cambio Radical sobre una mesa de billar como teatro de operaciones para atacar y hundir a la FARC, con claro sello uribista. En tal medida podría entenderse como un llamado al Centro Democrático para unir fuerzas, cuya respuesta habría sido el trino donde Uribe le habla a Pedro para que entienda Pablo: “Cualquier reunión con el ex VicePte Dr. Germán Vargas o semejante, sería previamente informada a la ciudadanía”. (Ver trino).

Esto deja traslucir que ha llegado el momento en que ambos se necesitan, pero se requiere repasar los enfrentamientos que han sostenido para concluir que cualquier alianza entre ellos estaría atravesada por la desconfianza de los que saben que al enemigo es mejor tenerlo cerca.

Hace tres años Uribe decía en el Senado de la República que “el actual vicepresidente Germán Vargas Lleras denunció a mi hermano por participar en un supuesto complot. (…) A Vargas Lleras le archivaron muy rapidito el caso de sus vínculos con el paramilitarismo en Córdoba y Casanare. Y a mi hermano a pesar de la contraevidencia de la denuncia y las pruebas, no han tenido la gallardía de archivarle ese caso”. (Ver discurso).

Esas mutuas acusaciones las zanjó la Corte Suprema de Justicia cuando en mayo de 2013 dictaminó que Vargas Lleras había sido objeto de un montaje judicial, urdido por el ganadero Carlos Gabriel López para asociarlo con el jefe de las autodefensas del Casanare, Héctor Buitrago, alias Martín Llanos. (Ver noticia) Las acusaciones de Vargas contra los hermanos Uribe nunca se probaron, pero tampoco fueron desvirtuadas.

Lo que ahora amenaza con resucitar de la zanja del olvido es de una gravedad aún mayor: el atentado del que fue objeto Germán Vargas con un carro bomba que hicieron estallar a su paso para sacarlo de la arena política, la noche del 10 de octubre de 2005 en la esquina de la carrera 9 con calle 71, en Bogotá. Yo estaba cerca, escuché el totazo. Una hora después del estallido el director del DAS, Jorge Noguera, ya tenía una hipótesis: “todo apunta a las Farc”, le dijo al entonces senador en la Escuela de Caballería.

Vargas no solo no le creyó, sino que afirmó haber recibido informes sobre la participación de “un organismo de seguridad del Estado”. Es un caso que misteriosamente sigue sin resolver y del que poco se habla, y se deja consultar en esta columna. Pero resaltaré un hecho bien llamativo, lo que en el libro En honor a la verdad le cuenta Vargas a Vicky Dávila sobre una llamada que recibió de su esposa la noche del atentado, quien le expresó su temor de que el gobierno pudiera estar involucrado: “la conversación privada que yo tuve con ella, la conoció el presidente en minutos. Seguramente eso explica la rabia que tenía cuando concurrió a la Escuela de Caballería. Eso le pasa por interceptar ilegalmente a las personas".

Cinco años después (2010), siendo aún presidente Uribe y Vargas Lleras candidato a la presidencia, este le anunció a La Noche de NTN24 que pediría explicaciones a la Fiscalía de por qué si obtuvo información sobre la vinculación del DAS a su atentado, no hizo nada al respecto. Y fue más lejos: “si se establece que el DAS tuvo responsabilidad en eso, son unos miserables. ¿Cuándo conoceremos responsables? Ni las chuzadas ni lo ocurrido en el DAS, nadie puede creer que sean mandos medios quienes se hayan atrevido a hacer seguimientos, interceptaciones, cometer atentados terroristas a magistrados, a dirigentes políticos, a sectores de la oposición”. (Ver video).

A esta altura del partido no sabemos si Vargas Lleras quedó satisfecho con las explicaciones que le dieron en la Fiscalía (o si las pidió…), pero lo cierto es que de un tiempo para acá le bajó el tono a las acusaciones contra Uribe, y es cuando más de un capcioso se pregunta si su silencio obedece a que sabe que sin los votos de su ‘enemigo’ nunca podrá ser presidente.

Sea como fuere, cuando uno escucha a Alejandro Ordóñez hablar de quien fue "vicepresidente de Santos y corresponsable de la entrega del país a las Farc” (ver trino), es cuando comprende que el uribismo (excepto Uribe) le teme más a Vargas Lleras que a Claudia López y su combo anticorrupción.

DE REMATE: En honor a la verdad, el proceso contra Germán Vargas Lleras le correspondió a Leonidas Bustos siendo Presidente de la sala penal de la CSJ. La magistrada auxiliar encargada de investigar y proyectar el fallo para la firma de Bustos fue la abogada Luz Mabel Parra, quien luego pasó a Fiscal delegada ante la Corte. La relación entre Bustos, Néstor H Martínez y Luz Mabel Parra, nombrada por este a instancias del primero, tiene un denominador común: Cambio Radical. Parra estuvo casada con Gerardo Torres, conocido como ‘Yayo’, quien formó parte de la UTL del senador Germán Varón Cotrino, mano derecha de Vargas Lleras. Cayó Bustos y Parra debió renunciar, pero la estructura de poder se mantiene. La rosca, que llaman.

martes, 10 de octubre de 2017

El fiscal general debe renunciar



En medio del escándalo de corrupción que vive el país por cuenta de los vergonzosos chanchullos que se han conocido en torno a Odebrecht y a los magistrados con tentáculos en la Fiscalía que vendían sentencias o embolataban procesos, la presencia de Néstor Humberto Martínez al frente de la Fiscalía General de la Nación no hace sino agravar la crisis de la justicia y deslegitima la imagen de esa entidad como instrumento de lucha contra la corrupción.

Para empezar, los vínculos entre Odebrecht y Martínez Neira son evidentes, como en su momento los denunció el senador Jorge Enrique Robledo: préstamo del Banco Agrario a Navelena, negocios suyos como abogado con Corficolombiana y Grupo AVAL, en fin. (Ver noticia).

Aquí entre nos, sería tapar el sol con un dedo desconocer el papel que jugaron Cambio Radical y los magistrados Leonidas Bustos y Francisco Ricaurte en la conquista de la Fiscalía para el pupilo de Germán Vargas. Igual, frente al hecho de que el corrupto Luis Gustavo Moreno fue nombrado director de Anticorrupción debido a su doble condición de cuota política, tanto para esos magistrados como para el partido sin cuyo ‘empujón’ no habrían conquistado ni Moreno ni Martínez Neira tan encumbradas esferas del poder judicial.

Néstor Humberto Martínez llegó a la Fiscalía ya contaminado por la misma corrupción que le toca combatir, y esto lo hace no apto para el cargo. Y si no ha renunciado ni se ha apartado del caso Odebrecht no es porque sea un impoluto, sino porque su ausencia podría afectar los poderosos intereses de quienes lo pusieron ahí, por un lado los del partido que necesita su respaldo institucional para alcanzar la Presidencia de la República, y por otro del mundo financiero representado en un Luis Carlos Sarmiento Angulo o incluso en el mismísimo presidente Juan Manuel Santos, a quien lo que menos le convendría sería tener que barajar de nuevo en busca de un nuevo fiscal general. Ello sería el reconocimiento tácito de hasta dónde se corrompió el aparato de justicia: Fiscal General y Corte Suprema de Justicia untados de lo mismo…

Néstor Humberto Martínez no es un pillo ni está relacionado con ningún entuerto ilegal, es cierto, pero sí nombró a un pillo en un cargo de altísima responsabilidad, aupado por los mismos magistrados corruptos que contribuyeron decididamente a su elección como Fiscal. Ello conlleva un costo que no puede escabullir, el cual debería venir acompañado de una descalificación moral por parte de los medios, y si no se da podría obedecer a que los propietarios de esos medios se verían también perjudicados con la salida del Fiscal.

Si de algo sirvió la garrotera de días pasados entre la senadora Claudia López y Martínez Neira, fue para evidenciar que a un funcionario tan contaminado por la esfera política, en particular por su cercanía a Cambio Radical, le queda muy difícil resistirse a la tentación de usar su poder punitivo para castigar o amedrentar a rivales políticos. Y no es por simple coincidencia que, como informó Semana.com, ese partido por fin se avino a apoyar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) “luego de que el Gobierno aceptara las sugerencias del fiscal general frente al proyecto”.

¿Es políticamente correcto, acaso, que NH Martínez actúe como un miembro más de la bancada política de Vargas Lleras en el Congreso? Y de contera, ¿es jurídicamente aceptable que justo el día que le hundieron –por tercera vez- a Claudia López el debate que quería dar sobre la corrupción que emana de la misma Fiscalía, esta entidad haya librado orden de detención contra Marcelo Torres (“cuyo único delito ha sido derrotar a la Gata en Magangué”) y abierto imputación de cargos contra el gobernador de Nariño, Camilo Romero, ambos políticos de Alianza Verde y de quienes se tienen las mejores referencias?

Como contó La Silla Vacía a raíz de ese debate, políticos rivales de Vargas dijeron haber oído de “dos investigados que supuestamente tomaron la decisión de unirse al líder de Cambio Radical para congelar sus líos con la justicia”. Y como dijera Héctor Riveros en brillante columna (El fantasma que ronda al Fiscal), “que el apoyo a Cambio ha crecido por el miedo a la Fiscalía, es absolutamente cierto”.

Es más, las actuaciones del Fiscal desde el día de su posesión parecieran orientadas a favorecer o propiciar una eventual alianza entre Álvaro Uribe y su jefe político, Vargas Lleras. Esto se ve reflejado en circunstancias que tienen al uribismo cantando en coro “Habemus Fiscal”, como el archivo de la investigación contra Óscar Iván Zuluaga por el caso del hacker Andrés Sepúlveda, pese a la prueba reina del video donde se le ve recibiendo información de inteligencia militar. O su total coincidencia con Uribe en temas como la JEP, frente a la cual llegó incluso a manifestarse preocupado de que esta “comprometa a una persona que ha ejercido la Presidencia”. ¿Cómo se puede esperar entonces justicia imparcial de un Fiscal que hace dos años declaró que “Uribe no se opone a la paz, es un patriota” (ver declaración), y cuyas más recientes actuaciones demuestran que sigue pensando lo mismo?  

Retomando la columna de Riveros, “la inconveniencia de que un actor político esté al frente de la Fiscalía se convierte en un peligro, incluso para sus eventuales amigos, que pueden ser exhibidos como trofeos para despejar otras dudas”.

Es por todo lo anterior que NH Martínez Neira debería renunciar, así fuera por simple vergüenza, y mientras más demore en hacerlo más estará contribuyendo a hacer indigno e ilegítimo su papel como Fiscal General de la Nación.

DE REMATE: Bajo el mismo criterio que aplicaron para conservar el nombre FARC (pese a la carga de afrenta que representa hacia sus víctimas), a esa nueva agrupación le convendría lanzar un candidato de sus propias filas, que les permita ‘medirse’ en un plano real con las demás fuerzas políticas.