martes, 20 de junio de 2017

Vamos a romper el hechizo

Es cada día mayor el número de columnistas que advierte sobre la situación esquizoide que vive Colombia, consistente en que a medida que se consolida la paz se recrudecen los ataques de ciertas fuerzas oscuras contra el gobierno que la hizo posible. Ahora quieren convencernos de que “nos están engañando”, y la bomba del sábado pasado en el Centro Andino se inscribe dentro de ese propósito maligno.

Lo advierte Ricardo Silva cuando dice: “hay colombianos que piensan que el desarme de las Farc es mala noticia”. O Juan Fernando Londoño, en el mismo tono: "Si las FARC negocian es una estrategia porque no van a firmar, si firman es porque no van a cumplir, si cumplen es porque nos están engañando". O Héctor Abad: “Hay medio país al que le repugnan las buenas noticias”. Y Rudolf Hommes: “La aspiración de la derecha es que tiremos la posibilidad de vivir en paz por la borda y que reviva el terror”.

Esto indica que crece la audiencia de personas conscientes del daño que esas fuerzas oscuras inoculan en las conciencias (siembran miedo para vender seguridad); pero la preocupación no cesa, pues seguimos atados a la noria del eterno retorno: el año pasado tratamos de advertir lo mismo sobre la propaganda sucia que estaban vertiendo los promotores del NO por las redes sociales, pero de nada sirvió porque acabaron por imponer su voluntad mediante la perversa estrategia de engañar e indignar a la gente, como hubo de confesar en su torpeza el mismo gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez. (Escuchar confesión).

Como a drogadictos, los domina un marcado síndrome de abstinencia… de guerra. Necesitan hacerle creer al país que estamos sometidos –como dijo Uribe en Atenas- a una “inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno”; siendo que, por el contrario, a eso están dedicados ellos (y ellas): a aceitar la inmensa maquinaria de desinformación que usaron durante los días del plebiscito, la cual ahora apuntan con sus ruidosas baterías hacia el objetivo supremo de sentar en el solio presidencial a uno de los suyos, de su propia calaña, “el que Uribe elija”.

Persiste el peligro de que nos empujen por el desbarrancadero de un nuevo conflicto, incluso con características afines a una guerra civil como la vivida en España el siglo pasado, cuando el apoyo de la Iglesia Católica le permitió al ‘Generalísimo’ Francisco Franco gobernar con la legitimidad religiosa de la que carecía al comenzar su lucha fratricida. Hoy la situación en Colombia es otra, pues los católicos no tienen la poderosa influencia de antaño, pero se advierte igual la presencia de avanzadas que actúan como fuerzas de choque ideológico, compuestas por ejércitos de pastores cristianos y evangélicos reclutados –quizá hasta pagados- en torno a una causa de claro contenido fascista.

Para lograr el desmonte del odio y hacer renacer la semilla de la esperanza, se requiere acudir a las mismas armas de los sembradores de confusión. Meterle creatividad. Y el Gobierno Nacional debería ser el primero en reaccionar con urgentes medidas de choque, que hagan visible el mecanismo perverso que reposa detrás de tanta basura mediática.

Decía D’Alembert que “la guerra es el arte de destruir hombres, y la política es el arte de engañarlos”. En este contexto se requiere con urgencia una agresiva campaña de mercadeo político que muestre con precisión de relojero dónde está el engaño, en repuesta a la inmensa maquinaria de desinformación que maneja el uribismo, cuya fórmula le hace eco al estallido de la bomba en el Centro Andino: miedo a un futuro con las Farc incorporadas a la vida política, odio a Santos porque lo permite.

A esas fuerzas oscuras que con ‘minas quiebrapatas’ nos quieren dañar el caminado hacia un futuro mejor, se les debe demostrar que no pasarán. ¿Y cómo? Rompiendo el hechizo que ejercen sobre sus mansas ovejitas. Este amago de ‘libreto’ para una cuña de TV es solo una amable sugerencia, con toque surrealista si se quiere, pero alentado por un propósito pedagógico:

Se ve a un grupo de bañistas sumergidos en un riachuelo de aguas cristalinas, bañándose con deleite, mientras en la orilla unas personas agazapadas vierten una solución oscura, que comienza a enturbiar el remanso. Los envenenadores se esconden tras unos matorrales, y luego se ve venir a un grupo de personas alegres, cantando una canción de paz. Uno de ellos rasga una guitarra. Cuando pasan frente al lugar de donde emana la turbiedad, los que estaban escondidos comienzan a gritar: “¡Miren, miren! ¡Ahí están los que ensuciaron el agua donde todos nos bañamos!” Los que iban cantando quedan confundidos, pero les toca correr porque los bañistas salen de ahí –indignados- a perseguir a quienes creían les habían dañado el baño. Luego hay primeros planos con los rostros de rabia y angustia de perseguidores y perseguidos, y por último aparecen los ‘malos’ del paseo frotándose las manos, y al enfocarlos de espaldas se aprecia que cada uno lleva camuflada un arma bajo el cinturón. La cuña remata con este mensaje: “No te dejes engañar por los amigos de la oscuridad”.

¿Y qué tal si fuera posible –solo pregunto- convocar a personas creativas y de buen humor como Matador, Tola y Maruja, Daniel Samper Ospina, Antonio Morales o Vladdo para que aporten historias o situaciones similares dentro de la misma tónica de romper el hechizo, de ayudarle a abrir los ojos a tanta persona confundida, alienada o equivocada de buena fe?

Pasaba por acá a dejar esta ocurrencia loca para ayudar a salvar el país del lobo feroz y sus recuas de pastorcitos mentirosos, y sigo mi camino.

DE REMATE: Colombia vivió ocho años bajo el hechizo, influjo o engaño de un gobernante que se rodeó de funcionarios corruptos, peligrosos criminales (Jorge Noguera, Salvador Arana, Álvaro ‘el Gordo’ García, Flavio Buitrago, Mauricio Santoyo, Antonio López alias Job, etc.) y parientes enjuiciados o bajo sospecha de súbito enriquecimiento. Es hora de impedir que la historia se repita. 

martes, 13 de junio de 2017

Ante la ‘cagada’ de Uribe en Atenas



Mi columna del pasado viernes 9 de junio, titulada Me cago en la cara de Uribe, fue la faena del espontáneo que en lugar de ver el toro desde la barrera decide lanzarse al ruedo a enfrentar la bestia. (Ver columna).

El jueves 8, justo un día después de haber publicado algo sobre Los pastorcitos mentirosos y el lobo feroz, supe de la intervención de Álvaro Uribe en la Cumbre Concordia celebrada en Atenas, cuando con su inglés chapucero hizo ver a Colombia como un país en el que reinan la impunidad y el caos económico… y me hirvió la sangre.

El motivo de la indignación residía en que siendo Presidente de Colombia, a raíz de una declaración de Piedad Córdoba durante un foro internacional de México donde ella pidió a los países ahí presentes que rompieran relaciones con el gobierno de Uribe, este respondió diciendo que denigrar del país era “traición a la patria”. Pero se va a Grecia, cuna de la civilización occidental… ¡y hace algo peor!

Con razón Semana conceptuó que “a Uribe se le fue la mano”, y agregó que “él tiene todo el derecho a desprestigiar al gobierno pero no el de desprestigiar al país”, mientras que Matador lo pintó en pose de atleta olímpico sosteniendo un rollo de papel higiénico, para que al menos limpie la ‘cagada’ que cometió con Colombia ante el mundo. (Ver caricatura).

A raíz de su desafortunada declaración a Piedad le montaron la perseguidora en cabeza de Alejandro Ordóñez, hasta lograr arrebatarle su curul de senadora, mientras que a Uribe los medios le celebraron y divulgaron su bajeza como si fuera la pilatuna de un niño travieso.

El asunto es que luego de escribir la columna citada, fui consciente de que el único título acorde con su contenido era el que le puse. Sabía que habría de causar rechazo, pero igual supuse que si lo titulaba por ejemplo Uribe ofendió a Colombia, la iban a leer tres pelagatos. Y para el caso que nos ocupa se trataba de acudir a la misma arma que utiliza el maquiavélico senador, la de generar escándalo, pero no para poner los ojos de Colombia sobre sus palabras cargadas de veneno, sino en respuesta a su infame proceder durante un foro internacional. O como expresó @fernandoposada_ en brillante trino: “Si usted va a repetir que el narcotráfico se tomó a Colombia, procure que sus 2 jefes de seguridad no estén presos en EE.UU. por narcotráfico”.

La columna provocó un verdadero pandemónium dentro del uribismo, que se vino –comenzando por su comandante en Jefe- con una poderosa descarga de artillería, que incluyó una carta del Centro Democrático a El Espectador donde manifestaron su asombro porque “queda en evidencia una total ausencia de criterio periodístico para permitir que un contenido de esta naturaleza sea publicado, irrespetando a los lectores”. (Ver carta de protesta).

He aquí el punto central a debatir, el del respeto, o sea lo que me motivó a escribir esta columna. No niego que hablar de cagarse en la cara de alguien suena vulgar o irrespetuoso –con el personaje, no con los lectores-, pero basta leer la columna hasta el final para entender que el título se justifica dentro una dinámica donde una falta de respeto (o lo que el embajador ante el Reino Unido, Néstor Osorio calificó de “insulto a Colombia”) provoca una reacción similar, entendible dentro de un contexto semántico coloquial donde los españoles hablan de cagarse en la hostia o los argentinos de “la puta madre que te parió”, de algún modo coincidentes con lo de “le doy en la cara, marica”.

El punto nodal es que con sus permanentes salidas de tono, sus sinuosas acusaciones sin fundamento, sus mentiras evidentes y sus medidas desesperadas para impedir que la JEP entre a operar, el mismo expresidente se está labrando un destino: que la gente le pierda el respeto. Esto se pudo captar en las centenares de emotivas reacciones que percibí cargadas de vituperios, en reflejo del grado de fastidio e indignación que viene provocando Álvaro Uribe entre millones de colombianos, hastiados ya de ver cómo en lugar de ayudar a construir un mejor país ha desatado en contravía del anhelo de nacional de paz una vindicta instrumentalizada por su bancada de lacayos, con el claro y subversivo propósito de “hacer invivible la república”.

Parte de ese pandemónium uribista se reflejó en un artículo de Losirreverentes.com, de autor anónimo, donde a la vez que acusan al exmagistrado Iván Velásquez de haber cometido un homicidio en Guatemala, me señalan de ser “hermano de un peligroso narcotraficante”. En lo que me corresponde se trata de un refrito que había sacado un año atrás Ernesto Yamhure, el cual respondí con algo que en su momento le calló la boca. (Ver respuesta).

Los Irreverentes es una pieza más de la “inmensa maquinaria de desinformación” que condujo al triunfo del NO en el plebiscito. Es una página sin dirección conocida ni responsable legal, dedicada a calumniar y denigrar de todo lo que no sea uribista. Se dice que es financiada por Abelardo de la Espriella y cuenta con su orientación “informativa”, la cual comparte con Iván Cancino y José Obdulio Gaviria (primo hermano de Pablo Escobar, el más sanguinario asesino en la historia de Colombia), los tres tan tóxicos y disociadores como el individuo que escondido detrás de su máscara virtual reparte basura mediática a diestra y siniestra, sin que la justicia pueda llamarlo a responder por sus injurias y calumnias porque se refugió en Miami cuando se descubrió que las columnas que escribía para El Espectador se las revisaba, corregía y aprobaba el comandante paramilitar Carlos Castaño, de quien fue cercano contertulio no propiamente en el colegio, sino cuando este ejercía como tenebroso delincuente. (Ver noticia).

DE REMATE: Esto me escribe una de las madres de Soacha a raíz de la columna citada: “Cagarse en la cara de Uribe es un acto de decencia con quien ordenó sembrar de sangre los caminos de Colombia, a costa de los jóvenes humildes acribillados en la modalidad de falsos positivos. ¿Tiene usted hijos? Pues póngase en los zapatos de las miles de madres colombianas a las que nos rompió el alma cuando debimos recoger a nuestros hijos masacrados por el Estado que Él dirigió”.

jueves, 8 de junio de 2017

“Me cago en la cara de Uribe”




En España hay una expresión de uso muy común: “Me cago en la hostia”. La usan con tanta frecuencia que en días recientes la escuché cuando visitaba en compañía de mi novia a un amigo español, justo cuando abría la nevera de su casa y comprobó que no quedaba nada para acompañar las aceitunas: “Se acabó la birra; ¡me cago en la hostia!”

Para los profanos en la materia, birra es cerveza y hostia es una pequeña oblea de harina (¿será harina bendita?) que los sacerdotes católicos alzan hacia el cielo en el momento de la elevación, y a continuación degluten. Si la memoria de exseminarista no me falla, la elevación es el instante en que el mismísimo Jesucristo se introduce en la hostia, y a eso lo llaman transubstanciación, y es por ello que el ritual va acompañado de la expresión “cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame.”

Siempre me costó trabajo entender por qué era tan fácil para un español ofender de manera tan flagrante el instante más sagrado de la eucaristía, pero comencé a comprender que no se le debía dar tanta importancia al anatema al ver que los argentinos usan una expresión con una carga igual o más ofensiva, y no pasa nada: “andate a la puta madre que te parió”.  Lo llamativo es que se la pueden estar diciendo a un amigo, quien lo toma como chanza sin importancia, y es tan popular que la pronuncia hasta una anciana como la que aparece en este hipervínculo.

Fue precisamente esa expresión, “la puta madre que lo parió”, lo primero que vino a mi cabeza cuando supe que el miércoles 7 de junio, durante un foro internacional en Atenas conocido como la Cumbre Concordia –una organización que reúne a líderes del mundo y no tiene tinte político- el senador Álvaro Uribe Vélez sometió a Colombia (su país, o sea que es como hablar mal de la mamá) al escarnio público con una intervención en la que afirmó cosas tan delirantes como que “la minería ilegal y el narcotráfico son los únicos sectores de la economía del país que están creciendo”, o que “las Farc gozan de total impunidad” y “son el mayor cartel del mundo”.

Conviene darles atención analítica a las últimas dos frases, porque permiten identificar la enfermedad que padece el senador Uribe: un fuerte síndrome de abstinencia de la guerra que ya pasó, pero que él sigue viendo presente, o mejor, necesitando. ¿Para qué? Para evitar a como dé lugar que comience a operar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que les quitará la impunidad de la que hasta ahora han gozado él y las fuerzas oscuras que comanda.

Ese desajuste psicológico le hace vivir en un delirio mediante el cual asume como verdad lo que hubiera podido ser cierto antes de la firma del acuerdo de paz, cuando el poder de las armas les daba a las Farc relativa impunidad para cometer sus crímenes y traficar con cocaína, sí, pero no al punto que se les pudiera considerar el cartel más grande del mundo. Sea como fuere, el punto central es que las Farc ya no son un grupo subversivo, pero Uribe y su bancada de lacayos sigue sembrando desesperación entre los colombianos haciendo creer que poseen la misma capacidad desestabilizadora de antes. Necesitan mantener al fantasma vivo, y ante esto no nos debemos llamar a engaños: son ellos los que están dedicados a desestabilizar el país, para impedir que un día reine la paz. Siembran el caos, para luego aparecer como los salvadores de la confusión que han creado.

En su defensa Uribe afirmó para la W Radio que “la oposición debe aprovechar los escenarios internacionales para enfrentar la inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno en el exterior". Volviendo al plano psicológico, a esto se le conoce como mecanismo reflejo, consistente en ver en otros lo que al paciente le ocurre: basta acudir a la historia reciente para constatar por ejemplo que el triunfo del NO en el plebiscito del 2 de octubre se dio gracias a “la inmensa maquinaria de desinformación” que diseñó el uribismo, lo cual fue reconocido –o mejor, confesado- por el propio gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez, en declaraciones donde además se hizo evidente que el propósito de fondo fue “dañarle la fiestecita a Santos”. Maquinaria que por cierto están calcando con pelos y señales hacia la campaña del 2018, como mostré en mi columna anterior.

Esto solo es reflejo de la desesperación en la que se encuentran Álvaro Uribe y sus dañinas huestes, conscientes de que el afianzamiento de la paz (y de la JEP) no solo los aniquila como opción política, sino que sacará a relucir todas las verdades que han querido mantener ocultas, comenzando por la pavorosa maquinaria genocida del gobierno anterior conocida como los ‘falsos positivos’.
 
Digámoslo sin ambages, lo que hizo Uribe ante ese foro internacional fue ‘cagarse’ en la imagen de Colombia, y es cuando uno se pregunta si será que el escritor Fernando Vallejo tenía razón cuando dijo que “la maldad de un ser humano debería medirse en Uribes”. Y es entonces también cuando llevados por la indignación ante semejante afrenta al país que nos vio nacer, dan ganas de gritar con sonoro acento patriótico: ¡me cago en la cara de Uribe!

DE REMATE: Es irresponsable la actitud de Uribe con la imagen de Colombia ante los inversionistas internacionales, sí, pero es igual de irresponsable –o más- la complacencia de los medios con cada nueva ‘cagada’ suya, cuando la difunden y la celebran como si se tratara de la pilatuna de un niño travieso.

lunes, 5 de junio de 2017

Elecciones 2018: los pastorcitos mentirosos y el lobo feroz




A raíz de la columna de Daniel Coronell que reveló el audio de la entrevista donde Juan Carlos Vélez confesó la manipulación que hizo el uribismo para lograr el triunfo del NO, un tal Manuel Vega preguntaba en Twitter: “No entiendo por qué vuelve a un cuento que ya se contó, un capítulo de Colombia que ya concluyó. ¿Cuál es la novedad de lo que no se sabía?”. Y el columnista le respondió: “Porque el capítulo no ha concluido, esta será la misma campaña en 2018”.

Así es: lo que se está reeditando es la misma estrategia perversa de la campaña del plebiscito, cuando infestaron las redes sociales de propaganda negra y usaron el nombre de Dios como estandarte de su causa fascista. Esta columna incluso podría parecer una reedición de las cuatro que escribí en El Espectador dos meses antes del 2 de octubre tratando de advertir sobre el inminente peligro que  ello representaba, y considero mi deber dejar aquí constancia de ellas, en orden cronológico:

Hablemos de cosas sucias, 7 de septiembre

No sobra agregar que alarmado ante la situación desarrollé el Proyecto PEPA –Pedagogía para la Paz-, donde consigné una propuesta para hacer un cubrimiento didáctico en los medios sobre los verdaderos alcances del acuerdo. Gracias a los buenos oficios de un amigo político pude entregárselo en sus manos al entonces ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, pero fui consciente de que había fracasado en mi intención cuando él me dijo que lo único que podía hacer era pasarle el documento al Consejero de Paz, Sergio Jaramillo. Ahí entendí además por qué dicen que ‘una golondrina no hace verano’.

Es sabido que el presidente Santos acudió al plebiscito para taparle la boca a Uribe, convencido de que el pueblo lo iba a respaldar en su esfuerzo por consolidar la paz, pero le salió el tiro por la culata, por tres motivos básicos: el reclutamiento de pastores evangélicos y ‘cristianos’ (pagados, estoy seguro, pues a ellos no los mueve el amor a Cristo sino al dinero); la campaña enfilada a indignar a la gente, como lo reconoció Juan Carlos Vélez; y las encuestas que daban al SÍ como ganador en forma abrumadora. Esto último alentó el abstencionismo de los que pensaron ¿para qué salgo a votar si de todos modos ganará el SÍ?

Hoy se corre el peligro de que esas fuerzas oscuras comandadas por el siniestro senador Álvaro Uribe pongan Presidente en 2018, porque, como dije arriba, están reeditando su sucia estrategia. En lo referente a propaganda negra, aún no se ha dado la largada a la campaña electoral y ya comienzan a circular fotomontajes que ninguna persona culta se tragaría, pero son asimilados como verdad absoluta por la misma gente ignorante que votó por el NO para impedir “la dictadora homosexual”. Para la muestra, dos botones:

- Foto de Claudia López sosteniendo sonriente su libro Adiós a las Farc ¿Y ahora qué?, al que le cambiaron el título por ¡Agradecida con las FARC! ¿Y ahora qué? Y a su lado se lee: “Claudia López y su oscuro pasado: ¿Sabe quiénes financiaron la educación de esta señora? Las FARC”. (Ver foto).

- Portada de revista con Sergio Fajardo luciendo una boina como la del Che Guevara, con la leyenda ‘Fajardo presidió cumbre de izquierda’, acompañada de dos frases arriba y abajo: “FARC exigió a Diana Fajardo como magistrada”; y “Sin Petro, renace el lado izquierdo de Fajardo”. (Ver portada).

Los dos fotomontajes reflejan el pánico que tiene la extrema derecha a que coja fuerza la naciente coalición de centro-izquierda que López y Fajardo están liderando, y quieren inocularles ese miedo a sus masas de borregos alienados, del mismo modo que el año pasado triunfaron sembrando el temor a la “ideología de género”.

A lo anterior se suma que han comenzado a reactivar sus legiones de pastores cristianos y evangélicos, cual perros rabiosos adiestrados para la guerra. La prueba está en la columna de Yohir Akerman del domingo pasado, donde habla de una reunión que se dio en Bogotá el 24 de mayo para juntar a varios sectores del cristianismo, presidida por el falso pastor cartagenero Miguel Arrázola y en la que participaron (según audio de Arrázola dirigido a su colega Lyda Elena Arias) “Viviane Morales, Eduardo Cañas, Ricardo Arias, el Pastor Eduardo, John Milton, Rusvelt y Héctor Pardo”, con el propósito de conformar “el Consejo de Ilustres que va a dar las directrices a un comité ejecutivo sobre cómo enfrentar el país al 2018 en las elecciones”. (Ver columna).

La consigna que ahora se ha impuesto el uribismo es la de hacer ver a Juan Manuel Santos como un lobo con piel de oveja, y en esa tónica quieren convencer a las mayorías de que se estaría fraguando una alianza con las Farc para conducir el país a las garras del castrochavismo.

Para contrarrestar este proyecto maquiavélico de largo alcance, el gobierno nacional debería adoptar creativas medidas de choque –tan creativas como las de los propagandistas de la caverna- que permitan ver dónde está el verdadero lobo feroz. Se trata de demostrar que sí es posible un futuro cargado de esperanza, antes de que la fiera herida (herida por la paz) logre germinar en los corazones de los colombianos la semilla del odio y termine por lanzarnos a todos de nuevo por el despeñadero de la guerra.

DE REMATE: Pese a que avanza con paso firme la coalición entre Claudia López, Sergio Fajardo y Jorge Robledo, el peligro latente es que se conformen dos grandes bloques de centro-izquierda y por el medio se nos cuele el lobo. El otro bloque lo lidera Gustavo Petro, quien en asunto de coaliciones ya sentó un pésimo precedente cuando en su alcaldía desbarató la que lo hizo elegir: Antonio Navarro, Carlos Vicente de Roux, Daniel García-Peña, Guillermo Alfonso Jaramillo…

lunes, 29 de mayo de 2017

Dos mujeres peligrosas en el lugar equivocado




Hay dos aspectos en los que la senadora Viviane Morales y la diputada santandereana Ángela Hernández coinciden como uña y mugre: su accionar político tiene un sustento religioso de claro tinte homofóbico, y ambas están en el partido equivocado.

Lo de Ángela Hernández es una aberración desde la óptica de la coherencia –aberrante incoherencia, mejor dicho- pues milita en el mismo partido del presidente Juan Manuel Santos (La U) pero actúa como su más enconada rival, a tal punto que en torno al plebiscito hizo causa común con el exprocurador Alejandro Ordóñez por el NO, y no solo reclama como propio ese triunfo sino que arremete con inusitada virulencia contra el gobierno bajo cuyo aval fue elegida.

En cuanto a Viviane Morales, hago propias las palabras del implacable abogado y brillante columnista Ramiro Bejarano: “como liberal de convicción, debo decir que la permanencia de la senadora Morales en el Partido Liberal hoy es insostenible ideológica y éticamente hablando”. (Ver columna).

Así es: tan insostenible resulta la Morales liderando desde la política una cruzada religiosa de corte fascista (tan absolutamente contraria al pensamiento liberal que discrimina hasta a su propia hija lesbiana), como ver a la Hernández trabajando en estrecha simbiosis con el más conspicuo representante de la extrema derecha, Alejandro Ordóñez, a quien hizo condecorar en la Asamblea de Santander con la orden Luis Carlos Galán, pese a que al dirigente liberal lo mataron los paramilitares y Ordóñez los apoyaba, como consta en recorte de prensa con fecha agosto 18 de 1987 donde él dijo que “las autodefensas se ajustan a las normas de la moral social, del derecho natural y de nuestra legislación”. (Ver noticia). ¿Cuándo fue asesinado Galán? Vaya coincidencia, el 18 de agosto de 1989, exactamente dos años después del manifiesto apoyo de Ordóñez al paramilitarismo, lo cual le da a esa condecoración el carácter de infamia.

¿A qué obedece que a pesar de asumir posiciones radicalmente opuestas al ideario de los respectivos Partido Liberal y La U, las señoras Morales y Hernández permanecen como miembros activas de esas agrupaciones y no son expulsadas con la deshonra que corresponde a quienes actúan en contravía de sus principios ideológicos? ¿Por qué ni siquiera una sanción, o al menos una cordial invitación a que busquen una agrupación acorde con su visión de derecha clerical, como el Partido Conservador o el Centro Democrático? En este contexto la deshonra es para los partidos que las siguen acogiendo, y su permanencia ahí recuerda a Groucho Marx cuando decía: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros…”.

Ellas (y ellos) saben que están ‘durmiendo con el enemigo’, y el motivo es de pragmática conveniencia mutua: expulsarlas  significaría perder el inmenso caudal de votos –cada día mayor- que las acompañan, sumado a que su salida las victimizaría y haría ver a quienes aplicaron la medida como unos despiadados machistas, perseguidores de dos cristianas buenas y devotas…

Sea como fuere, su expulsión se ubicaría dentro de lo políticamente correcto, porque si hay algo más peligroso que un fanático religioso, es un fanático religioso con poder político. Y el peligro se hace mayor cuando no son uno ni dos ni tres fanáticos sino una verdadera horda de pastores evangélicos y cristianos alineados (de pronto hasta pagados) por la extrema derecha, como se vio en los días del plebiscito, cuando inundaron las redes sociales de propaganda negra y pusieron a sus marionetas a sembrar el miedo a la ‘dictadura homosexual’ entre una mayoritaria población ignorante, y así lograron el triunfo del NO. Tan productiva les resultó la estrategia que han reactivado a sus legiones de fanáticos, embaucadores y charlatanes, cual perros rabiosos adiestrados para la guerra, con miras a elegir Presidente el año entrante.

De Viviane Morales se pensó que había recibido una merecida derrota en el Congreso con su referendo discriminatorio, pero resucitó al tercer día y logró por persona interpuesta –el magistrado cristiano Carlos Bernal, promovido por ella desde el Senado- torcerle el cuello al acuerdo de paz con un voto definitivo que convirtirá el Fast Track en un paquidérmico Slow Track. ¿Cómo explicar que el liberalismo apoya al gobierno en su propósito de afianzar la paz, pero una miembro de la bancada liberal consigue mediante una ‘ficha’ suya en la Corte Constitucional poner en jaque el acuerdo, y no contenta con lo anterior hace un video donde convoca a sus 'feligreses' contra Santos, en acto de retaliación porque este contribuyó a hundir su proyecto de inspiración medioeval? (Ver video).

Dicen que por el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, y esto se traduce en que se avecina una campaña electoral cochina (o peor, asquerosa), donde las moralistas Morales y las homofóbicas Hernández y los corruptos Ordóñez y los farsantes Arrázolas usarán de nuevo a Dios como estandarte de su causa fascista, y si el país se descuida nos tendrán tragando de su mierda confesional a partir de 2018, respaldados por esas mismas hordas de ignorantes que votaron por el NO el 2 de octubre y a las que están en capacidad de movilizar para incendiar el país, si la ocasión lo requiere. Sembrarán el caos, para luego aparecer como sus salvadores.

Por todo lo anterior no es posible culminar esta columna diciendo ‘podéis ir en paz’, porque la evidencia demuestra que están al servicio de una mano negra empeñada en impedir que la reconciliación nacional se consolide. Como dije en columna anterior, esas congregaciones religiosas supuestamente practicantes de la caridad cristiana contribuirían de verdad a hacer un mejor país si comenzaran por quitarle la tilde a la palabra AMÉN. Pero en lugar de “amen”, hoy parecen actuar bajo la consigna “odien”.

DE REMATE: Concuerdo con Humberto de la Calle en que el momento exige “una coalición enorme de todos los que estamos defendiendo el proceso y protegiendo una paz que apenas comienza a nacer”. ¿Escucharon Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Claudia López, Jorge Enrique Robledo, Clara López y Antonio Navarro, entre otros?

martes, 23 de mayo de 2017

Columna con ‘vaca’ virtual




Nada más aburrido que pedir plata, así sea para una causa justa, porque la gente llega a sospechar que el que la pide se va a embolsillar al menos una parte. A mí me ha pasado (lo de sospechar), por ejemplo cuando llaman a pedir “para una campaña de Unicef a favor de los niños”. ¿Cómo así, la Unicef pidiendo limosna por call center?, se pregunta uno, capcioso.

Algo que noté a raíz del viaje que hice a Washington D.C. a entrevistar al exembajador Myles Frechette (cuyo resultado fue una tormenta política en la que Uribe tildó a Frechette de “sinvergüenza” y quedó claro de dónde salieron las balas que mataron a Álvaro Gómez), fue que aparecieron desde fundaciones que pensaron que soy un filántropo millonario y pedían mi “generosa donación”, hasta amigos atravesando “un apuro” que creían que yo me había ganado el Baloto porque vieron en mi Facebook que extendí el viaje hasta Las Vegas. Lo que no sabían esos amigos –ni mis enemigos- es que el tiquete a Las Vegas fue costeado por la primogénita hija que vive allá, quien en los últimos cinco años ha cometido el geriátrico abuso de darme dos nietos.

El viaje surgió de improviso cuando Frechette aceptó la entrevista y mi editor aprobó financiar los tiquetes, mas no la estadía. Yo tenía mi tarjeta de crédito bloqueada por ‘exceso de pago’, pero no iba a perder la oportunidad dorada de entrevistar a Frechette, así que me encomendé al Divino Niño (¿han visto a Homero Simpson pidiéndole a Dios un nuevo sabor de tocineta?, así) para que me solucionara la encrucijada que enfrenté el día que debía tomar el vuelo, a saber: no tenía a dónde llegar, ni había hecho reservación. Sin tarjeta de crédito era imposible, y los ahorritos que llevaba no alcanzaban para hotel; alguien me aconsejó buscar alojamiento por Internet en AirBnB, casas de familia donde reciben a viajeros, pero el problema era igual: sin tarjeta de crédito, ni modo.

Debió ser el Divino Niño el de la iluminación, porque entrado el mediodía se me ocurrió acudir a una ‘mentira piadosa’, que titulé Botella al mar: conté en mi muro que había tenido que bloquear mi tarjeta de crédito debido a un intento de clonación, y que este imprevisto me impedía hacer reservación, y pregunté por una casa u hostal donde pudiera registrarme al momento de mi llegada. La sorpresa fue mayúscula ante la avalancha de propuestas que recibí (¡gente que quiere a la gente!) y entre todas llamó mi asombrada atención la de un amigo de Facebook –paisa, para más señas- a quien nunca he visto en persona pero se declaraba lector y admirador de mis columnas. Él, cuyo nombre me reservo pero le guardo eterna gratitud, me contó de una pareja de amigos suyos –ella mexicana, él gringo- a quienes ya les había hablado de mí y estarían encantados de recibirme en su casa… ¡gratis!

Un motivo de decepción a mi regreso de EE UU estuvo en que alentado por las explosivas revelaciones de Frechette, llegué a ilusionarme con que el pago de la entrevista sería proporcional a la importancia de su contenido, pero no fue así. No revelo la suma que me pagaron porque no la creerían, pero no sobra aclarar que por mis columnas no recibo un solo peso, solo prestigio, y fue esto lo que me motivó dos años atrás a escribir algo que titulé ‘El trabajo intelectual es la puta del paseo’. (Ver columna).

Hoy lo urgente me impide abordar lo prioritario, en un escenario donde la urgencia se llama supervivencia económica y la prioridad es la escritura del libro que recoge la investigación periodística que he adelantado sobre el asesinato de Álvaro Gómez (incluyendo las revelaciones de Frechette que faltan), con un título que parodia una novela de cuyo autor no logro acordarme: Crónica de una muerte orquestada. Pensando precisamente en sentarme a escribir el libro sin angustias económicas, contemplé la posibilidad de convocar a un Crowdfunding –o ‘vaca’ virtual que llaman- mediante el cual los interesados lo compraran por adelantado, pero enfrenté el mismo inconveniente que me tuvo a punto de abortar el viaje: tarjeta de crédito bloqueada...

Aquí de nuevo el Divino Niño me iluminó, porque recordé que justo al día siguiente de publicada esta columna, o sea mañana jueves, el suscrito columnista cumple la módica suma de 60 años. Así que le dije a mí mismo: “mí mismo, ¿y qué tal si para evitar la depresión del súbito ingreso al sexto piso pinta una situación bien desgarradora y les pide a sus lectores –incluidos amigos, parientes, novias y ex esposas- que en lugar de regalos o vanas congratulaciones le consignen la suma que a bien tengan en su cuenta de Ahorros número 79673007967 de Bancolombia?”.

La idea es que quien deposite $50.000 o más reciba en su casa un ejemplar del libro, con dedicatoria y autógrafo del famosísimo autor, por supuesto. Para el envío me pueden contactar en mi cuenta de Facebook o al correo jorgegomezpinilla@yahoo.es.

¿Qué puede haber de malo, pregunto, a punto de penetrar la senda donde la mar se enluta, en convocar la solidaridad de los aquí presentes para generar los ingresos que hasta hoy me han negado tanto esta columna como el ejercicio de un periodismo honesto, siempre en busca de la verdad? El que tenga una objeción, que arroje  la primera piedra.

DE REMATE: La sugerencia es no hacer la consignación en la entidad bancaria, sino mediante transferencia electrónica o en un corresponsal bancario Bancolombia, para evitar el descuento de la 'usurera' suma de $12.000 en cada transacción.

lunes, 15 de mayo de 2017

Peñalosa merece ser revocado (otros no)


Muy buena estuvo la entrevista de María Isabel Rueda con Juan Carlos Flórez el lunes 8 de mayo en El Tiempo, no por lo que ella preguntó sino por lo que el concejal contestó. A la periodista se le vio hacer malabares para defender al alcalde de Bogotá, quizá porque no esperaba que el entrevistado le fuera a resultar tan crítico de su admirado Enrique Peñalosa. (Ver entrevista).

Comparto casi todo lo expresado por Flórez, excepto una frase suya que la Rueda dejó de remate para meter miedo: “Si Peñalosa se deja revocar, abre una puerta hacia lo impensable; no solamente en Bogotá, sino en Colombia”. Un día antes, Semana coincidía con una reflexión en el mismo tono alarmista: “Más que la permanencia de Enrique Peñalosa en la Alcaldía de Bogotá, con las revocatorias está en juego la gobernabilidad de los alcaldes de todo el país. El asunto es grave”.

Sería la hecatombe, mejor dicho. Pero ocurre que eso además de exagerado es inadmisible, porque lo que ocurriría si Peñalosa es revocado sería lo contrario: la democracia se sanea cuando un gobernante impopular, al que solo aceptan dos de cada diez bogotanos, es retirado de su cargo por incompetente mediante un ‘golpe de urna’.

Juan Carlos Flórez tiene razón en que Peñalosa ha sido un pésimo comunicador,  pero no es esto lo que se le castigaría, como tampoco que pretenda urbanizar la reserva Van der Hammen ni que quiera vender la ETB, sino lo que desde un ángulo dialéctico podría definirse como la semilla de su propia destrucción: el metro. “Ya existían unos estudios –dice Flórez- que de inmediato rechazó, lo cual fue una necedad, porque le restó el aire que necesitaba para poder rediseñar el transporte en Bogotá”.

Así es: su más grave error, el que exige su salida para que ese problema urbanístico de hondo calado pueda remediarse, reside en que mandó a la basura los rigurosos diseños para la construcción del metro que presentó la alcaldía de Gustavo Petro. Con ello lo que desechó no fueron unos papeles o una presentación de Power Point, sino un proyecto vital para la capital, una mega obra de ingeniería avanzada cuyo costo se estimó en $15 billones de pesos (unos $7.000 millones de dólares), con fecha de entrega prevista para el 2021.

Como dije en columna anterior, Petro en lo gerencial dejó mucho que desear. Ahora bien, es de caballeros reconocer que los estudios que presentó en octubre de 2014 planteaban el mejor metro posible, el que se merecía Bogotá. Solo que Peñalosa llegó con aplanadora a no dejar piedra sobre piedra de la administración anterior, y ahora quiere convertir la movilidad de la ciudad en una colcha de retazos donde por un lado los destartalados portales de Transmilenio con sus buses contaminantes seguirán mandando la parada (por ejemplo, sobre la emblemática carrera séptima hasta la calle 200), y por otro lado pretende darle estocada mortal a la Avenida Caracas con un tren elevado que depreciaría el sector y convertiría la vía en meadero público.

Lo peor es que su terquedad en preservar el sistema Transmilenio, pese a los síntomas de colapso que presenta, encierra un tufillo de gato encerrado (o de negocio asegurado), si hemos de creerle a un reportaje de Carlos Carrillo donde demuestra que Peñalosa ha sido el mayor promotor de Transmilenios y de buses Volvo en el mundo, y que en cumplimiento de tal misión actuó como presidente del ITDP (Institute for Transportation and Development Policy), y por este concepto “el ITDP le ha girado 468.394 dólares, al cambio actual unos 1.500 millones de pesos”. (Ver reportaje). Artículo que citó Daniel Coronell en columna titulada Condenados al bus, donde anunció que se trataba de “un muy interesante trabajo, del cual tendremos que hablar en detalle”. (Ver columna).

Según el colega Jairo Gómez, “más allá de las 700 mil firmas, (…) hay un malestar generalizado por la manera como conduce su gobierno y por la falta de resultados tangibles”. (Ver columna) Frente a esto, la moneda tiene dos caras: nos lo seguimos aguantando, o el hombre se va.

En entrevista con Cecilia Orozco para El Espectador el domingo 14, Peñalosa se defendió diciendo que “no se trata de que incumplí, sino de intereses políticos” (Ver entrevista). Conviene aclararle que en la vida todo es política: él se hizo elegir porque adelantó una política electoral exitosa, y hoy está a punto de ser revocado porque aplicó unas políticas administrativas que despertaron el rechazo general. Tal vez el único modo de reversar su inminente salida sería si hiciera un mea culpa donde reconociera, por ejemplo, que se equivocó en darle prelación al sistema Transmilenio sobre el metro subterráneo.

En este contexto eminentemente político, de los 107 procesos de revocatoria que hay en curso, no todos obedecen a una causa justa. Es el caso de Bucaramanga, donde un grupo de concejales liberales perjudicados con la alcaldía de Rodolfo Hernández hace hasta lo impensable para sacarlo de su cargo, mientras en Barrancabermeja se presenta un fenómeno a la inversa: un alcalde liberal, Darío Echeverri Serrano, intenta ser revocado por las huestes del alcalde anterior, Elkin Bueno, en un intento por ocultar el desastroso estado financiero en que este dejó a la ciudad.

DE REMATE: La descarada utilización de propaganda negra exacerbando odios y miedo entre gente ignorante, así como la invocación a Dios para conseguir votos entre sus 'rebaños', fue lo que condujo al triunfo del NO en el plebiscito. Tan productiva les resultó la estrategia, que han reactivado a sus legiones de pastores cristianos y evangélicos, cual perros rabiosos adiestrados para la guerra, con miras a poner presidente en 2018. Pero esto será tema de otra columna.

lunes, 8 de mayo de 2017

¿Quién le pone el cascabel al coronel Aguilar?


¿Qué pasaba por la cabeza del coronel Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo cuando en 2002 le confesó a una productora del Grupo Prisa de España que estando frente al cadáver de Pablo Escobar robó su pistola, según reveló Daniel Coronell en su columna del domingo pasado? Sin ánimo de ofender, solo encuentro una explicación posible: se requiere tener mentalidad de ‘traqueto’ para alardear ante una mujer de haber cometido un delito.

Esa misma mentalidad de traqueto habría sido la que utilizó para conquistar en 2004 la gobernación de Santander en estrecha alianza con el bloque Central Bolívar de las AUC, si hemos de creerle a la condena a nueve años de prisión que le impuso la Corte Suprema, y a las cosas que contó el coronel Juan Carlos Prieto en Los Informantes de Caracol (“los paramilitares presionaban a la población para que votaran por él”), con el saldo ya conocido: se le acabó la carrera militar a Prieto, mientras a Aguilar se le abrieron las compuertas de la política y la riqueza material, y hoy se expresa como si fuera un prócer de la patria, al mejor estilo ‘Popeye’.

Es pertinente preguntarse por qué en la campaña electoral anterior Hugo Aguilar lanzó candidato propio a la gobernación (Carlos Fernando Sánchez) y se desplazaba por todo Santander con nutrida escolta de la Policía Nacional, siendo que no había acabado de pagar la totalidad de la pena pues se hallaba en libertad condicional, o sea que seguía en calidad de interdicto y en tal medida estaba inhabilitado para el ejercicio pleno de sus derechos ciudadanos. Ahora no solo tiene que dar más de una explicación, sino acabar de rendir sus cuentas ante la justicia, en consideración a que la Procuraduría General de la Nación –a raíz de una primera publicación hecha por la subdirectora de Vanguardia Liberal, Diana Giraldo-  pidió revocar la libertad condicional del reo al considerar que violó el deber de buena conducta cuando mintió al decir que carecía de capacidad económica para pagar una multa. (Ver noticia).

Alguna forzada explicación intentó dar el coronel en entrevista al periódico conservador El Frente, donde afirmó que manejaba un lujoso Porsche de 300 millones porque se lo llevaba al tipo que se lo compró el año anterior, pero no había acabado de secarse la tinta de ese diario cuando Leszli Kálli mostró fotos de una casa de 4.500 millones de pesos que su cónyuge, Mónica María Barrera Carreño, construye en Ruitoque sobre un lote de 1.084 metros cuadrados, cuyo avalúo está en 1.600 millones. No sobra aclarar que es su tercera esposa, quien nunca ha trabajado o adelantado una actividad económica que le permita justificar semejante capital.

Esto demuestra a las claras que el coronel Aguilar sí dispone de bienes para pagar la multa de 6.400 millones que la justicia le impuso. Como se sabe, él hizo un acuerdo de pago con la Unidad de Víctimas para abonar 500.000 pesos mensuales, lo cual se traduce en que solo le faltan 1.056 años para acabar de cubrir la deuda. Se trata de una burla descarada, tanto a la justicia como a las víctimas, y es cuando el espectador desprevenido se pregunta cómo hizo una persona condenada por paramilitarismo para acumular tanto poder político y tan cuantiosa fortuna económica, primero con su sueldo como oficial de policía y luego como gobernador de Santander.

Con motivo de la publicación arriba aludida le envié por Twitter un DM a Diana Giraldo, donde la felicité por las fotos que encarrilaron tan contundente investigación y le pregunté si creía que eso tendría algún efecto jurídico, en cuanto a lograr que el hombre pagara al menos parte de la multa y así contribuyera a indemnizar a las víctimas. La respuesta de Diana fue escueta y demoledora: “¡Gracias Jorge! Ojalá pase algo. Pero lo dudo”.

Ese “lo dudo” es fiel reflejo del pesimismo que cunde frente a una justicia que no tiene manos –y menos garras- sino guantes de seda para juzgar a tanto malhechor que por el simple hecho de haber conquistado determinada cantidad de votos (sin importar el método que hubiere empleado…), adquiere un prestigio que le sirve en parte para forjar alianzas con grupos criminales y en parte para tomarse fotos como esta (ver foto), de la que según fuentes bien enteradas Germán Vargas Lleras dijo que “es para que se la envíen a Serpa y vea el nuevo equipo de Santander”. Para entender el contexto de esa noticia, está este artículo de La Silla Santandereana.

Al día presente no sabemos si Vargas Lleras persistirá en mantener dicha alianza con el clan Aguilar, en función del mismo único objetivo por el que se alió con Kiko Gómez en Guajira: votos.

Sea como fuere, en este escenario de arenas movedizas adquiere carácter de urgencia hacer un llamado a la sociedad santandereana y a su dirigencia política, para alertar sobre la prestancia o el buen nombre adquiridos a punta de ‘pistola’. Venimos nadando en un mar contaminado por la presencia de mucho charlatán, delincuente o estafador con pose de caudillo. Es por eso que desde los linderos de la decencia ya es hora de asumir fortaleza jurídica y conciencia ética, hacia el noble propósito de sanear el ejercicio de la actividad política.

Para el caso que nos ocupa, se mantiene entonces el interrogante planteado desde el titular de esta columna: ¿quién le pone el cascabel al susodicho coronel®?

DE REMATE: El senador Álvaro Uribe es tan de buenas que con motivo de la convención de su Centro Democrático –donde Fernando Londoño aclaró que no son centro sino histérica derecha- nadie le recordó que tiene un hermano preso por múltiples homicidios, paramilitarismo y concierto para delinquir. Por cierto: ¿resulta atrevido pensar que el apóstol Santiago estuviera también pensando en acogerse a la JEP…?

miércoles, 3 de mayo de 2017

Uribe y su doctrina del "shock"




La doctrina del Shock es un libro de la escritora y periodista canadiense Naomi Klein, cuya versión audiovisual fue un documental que cabe dentro del género ‘película de terror’, porque parte de una tesis espeluznante pero comprobable: el neoliberalismo se alimenta de los desastres naturales, de la guerra y del terror para establecer su dominio. (Ver video).

El punto de partida de película y libro es el asalto perpetrado por el general Augusto Pinochet contra el Palacio de la Moneda el 11 de noviembre de 1973, que produjo la muerte del presidente Salvador Allende y desembocó en la aplicación de la doctrina económica neoliberal impulsada por Milton Friedman, quien obtuvo el premio Nobel de Economía en 1976, tres años después del ‘exitoso’ golpe de Estado que, como se sabe, fue orquestado desde el gobierno de Richard Nixon y tuvo como punta de lanza al entonces Secretario de Estado, Henry Kissinger.

Ese mismo modelo fue aplicado en países tan dispares como el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla, la Rusia de Boris Yeltsin o la Gran Bretaña de Margaret Thatcher.

El problema hoy es que un partidario del capitalismo salvaje llamado Donald Trump conquistó la presidencia de Estados Unidos, y con él la doctrina del Shock no solo se revitaliza desde lo doméstico hacia lo global, sino que ahora podría traer consecuencias catastróficas para el planeta. Un segundo problema de fondo es que la ascensión al poder de este buscapleitos envalentonó a la extrema derecha nacional representada en el tóxico Álvaro Uribe, el inquisidor Alejandro Ordóñez y el hijo de papi Andrés Pastrana.

Son tres las cabezas de esta Hidra de Lerna, pero el gran peligro está en Uribe, quien tiene una copiosa audiencia cautiva e invierte su capital político en azotar las más bajas pasiones contra el gobierno de Santos, con el apoyo entusiasta de Ordóñez desde el flanco religioso. Es aquí donde Santos no se puede descuidar, porque si hay un terreno que Uribe maneja a la perfección, es cuando pareciera estar acorralado pero sale airoso mediante la aplicación de medidas ‘terapéuticas’ radicales, tan radicales como la ocasión lo exija.

Por ejemplo, cuando algunos miembros de la cúpula paramilitar en cumplimiento de la ley de Justicia y Paz comenzaron a contar quiénes los habían patrocinado: en menos de 24 horas Uribe subió a todos a un avión y se los entregó a Estados Unidos. Según el general Óscar Naranjo en su libro entrevista con Julio Sánchez Cristo, solo a dos de los catorce extraditados se les comprobó que seguían delinquiendo desde la cárcel, motivo aducido por Uribe para cargar con todos.

O como cuando en abril de 2008 se supo que por un sótano entró subrepticiamente a la Casa de Nariño el exjefe paramilitar Antonio López, alias Job, en compañía de un abogado de la mafia, y fueron recibidos por los respectivos secretarios de Prensa y Jurídico de la Presidencia, César Mauricio Velásquez y Edmundo del Castillo. Uribe convocó a una rueda de prensa sobre las escaleras del mismo palacio presidencial, hizo que esta comenzara en coincidencia con la apertura de los noticieros del mediodía y luego de dar una explicación a las volandas sobre el ingreso de ese mafioso, se despachó contra la Corte Suprema alegando ser víctima de su persecución.

Dos meses después de esa visita Uribe estuvo tan de buenas que alias Job fue asesinado en un restaurante de Medellín, del mismo modo que lo amparó el azar cuando el 24 de febrero de 2006 el helicóptero donde Pedro Juan Moreno viajaba a Quibdó… se vino a tierra. Antes que nos acusen de capciosos, el mismísimo general Rito Alejo del Río en alguna ocasión declaró que la caída de esa nave “no fue accidental sino planeada”.

No sabemos si ese accidente se ajusta a la particular doctrina del Shock de Uribe, pero la memoria nos indica que Moreno se le ‘abrió’ a su jefe y amigo desde 2002, cuando no le dejó remplazar el DAS por la Agencia de Seguridad que él quería crear, y prefirió nombrar a Jorge Noguera. También sabemos que Moreno había prometido contar cosas sobre Uribe cuando llegara al Congreso, y que en su condición de secretario de Gobierno de Antioquia aparecía involucrado en la masacre de El Aro, ocurrida entre el 23 y el 30 de octubre de 1997.

Es posible que las ‘providenciales’ muertes de alias Job y P.J. Moreno (incluso la de Francisco Villalba, principal testigo contra Uribe por El Aro) nada tengan que ver con la doctrina del Shock de Naomi Klein, pero sí lo fue la extradición de la cúpula paramilitar cuando comenzaron a mostrar el andamiaje de la organización. Esto también se ajusta a lo manifestado por el exembajador Myles Frechette en entrevista para El Espectador, donde dijo que la desmovilización del paramilitarismo fue algo “completamente chimbo”, y que “cuando Uribe se dio cuenta de que los gringos estaban oliéndose todo, decidió hacer el desarme de los paramilitares”. Y a renglón seguido agregó: “Es que se fueron a otros lugares. En lugar de seguir operando en los lugares donde habían estado, se fueron al sur y al este del país, a continuar sus fechorías”. También dijo Frechette que “nunca me olvido del pilón de armas que dejaron los paramilitares: muchas de ellas eran nuevas cuando Napoleón fue Emperador de Francia. Es decir, a otro perro con ese hueso”.

Esto se traduce en que Uribe es hoy el único político colombiano que contaría con un refuerzo bélico dispuesto a apoyarlo, llegado el caso. Si no es que desde ya le brinda su apoyo, por ejemplo mediante el asesinato graneado de defensores de derechos humanos o de milicianos de las Farc, de reciente ocurrencia. Sea como fuere, lo cierto es que con el aparataje político-militar que lo respalda tras bambalinas, Uribe estaría en condiciones de provocar un Shock ajustado a su conveniencia.

He ahí el peligro inminente al que hoy se ve abocada nuestra democracia.

DE REMATE: Suena estrambótico cuando el fiscal Néstor Martínez dice que esa racha de crímenes no tiene origen paramilitar, porque solo se trata de bacrim (bandas criminales). ¿Cómo hacer para explicarle que solo hubo un cambio de nombre? Mejor dicho, ¡que se deje de ‘cantinflar’!

viernes, 28 de abril de 2017

“Los militares tienen a Santos bajo chantaje”: Myles Frechette


El embajador de Estados Unidos en Colombia durante el proceso 8.000, Myles Frechette, a quien Jaime Garzón llamaba ‘procónsul’ y Horacio Serpa definió como ‘gringo maluco’, publicó en 2015 un libro-entrevista con el periodista Gerardo Reyes (Frechette se confiesa, Editorial Planeta), donde al ser preguntado sobre los posibles autores del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, habló de un grupo de militares retirados. Teniendo en cuenta que él era quizás la persona mejor informada sobre lo que ocurría en Colombia, y que en el libro confesó que “hay secretos de Estado que no los voy a contar”, viajé expresamente hasta Washington a entrevistarlo, en busca de que aportara nuevas luces que contribuyan a esclarecer ese crimen.

El resultado fue una conversación de cuatro horas sin pausa en la terraza interior del hotel Bethesda Hyatt, durante las cuales, a sus 81 años a punto de cumplir, no mostró la menor señal de cansancio y solo bebió un café americano acompañado de un vaso de agua. Allí hizo importantes revelaciones para una publicación que saldrá en próximos días, pero aquí he extractado sus puntos de vista sobre algunos temas de actualidad que tocó, como el “chantaje” que le estarían haciendo al presidente Juan Manuel Santos los militares agrupados en ACORE. A su vez, se refirió al expresidente Álvaro Uribe en duros términos; según Frechette, el desarme de los grupos paramilitares ocurrido durante su gobierno fue algo “completamente chimbo”.

En su libro con Gerardo Reyes, al referirse al golpe de Estado contra Ernesto Samper que se estaba fraguando y al que se le ve relacionado con el asesinato de Álvaro Gómez, usted dijo: “yo creo que ellos, los militares jubilados, le pidieron a él que encabezara ese gobierno”. Todo indica que se refiere a la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares (ACORE), y queda entonces la impresión de que usted sabe más sobre el papel que pudo haber desempeñado esa asociación en torno a ese crimen…
Bueno, mire: ACORE es una organización poderosísima en Colombia. Ya ve usted el chantaje que le están haciendo al presidente Santos, para que no les den el mismo tratamiento a los militares que a la guerrilla por crímenes de lesa humanidad. Llega un momento en que ellos dicen “¡ni puel carajo!”. Santos los oye y toma asiento con ellos, pero no están totalmente contentos y siguen presionando. Y van a seguir así, porque mire: si yo fuera uno de ellos pensaría igual, en cuanto a que es posible que yo haya hecho cosas brutales, pero lo hice por el bien de la patria.

¿Quién cree usted que saldrá ganador en ese pulso entre los militares y Santos?
Santos es una persona que tomó un rumbo diferente a su antecesor. Él tiene una visión internacional de Colombia. Comenzó con un acuerdo mutuo de no agresión con Chávez, porque eso estaba medio-candela, ¿no? Y decidió hacer el acuerdo de paz con las FARC, hizo muchos acuerdos de libre comercio, y comenzó a abrir espacios y horizontes participando más y más en organizaciones internacionales. Muchas de las cosas que ha hecho Santos, son cosas que le han hecho mucho bien a Colombia. Ahora, en lo de ACORE: es obvio que si Santos no hace algo para eximirlos, ellos seguirán presionando.

Llama la atención cuando usted dice que ha habido militares que hicieron cosas brutales, pero lo hicieron por el bien de la patria. En el caso del crimen de Álvaro Gómez, ¿ve alguna posibilidad de que lo hubieran hecho también por el bien de la patria?
No. Lo hicieron simplemente porque querían borrar su rastro. Borrar la conexión entre ellos y Álvaro Gómez. Cuando él les dijo que no, ellos pensaron “caracho, de pronto el tipo suelta la letra o se le sale algo…”

¿O sea, lo inmolaron?
Lo inmolaron, sí. El autor material pudo ser cualquier persona. Pero los autores intelectuales están ahí todavía, ahora. No sé adónde, pero están en Colombia. No han sido apresados, no han sido detenidos, nada.

Esto encaja con la teoría de Claus Roxin sobre los aparatos organizados de poder: en los crímenes de autoría mediata, la voluntad conductora de la acción corresponde al autor mediato y no al ejecutor material. En el caso del asesinato de Álvaro Gómez todo indica que fue obra de un aparato organizado de poder desde el estamento militar, pero del que solo fue encontrado culpable un autor material, Héctor Paul Flórez, quien por cierto acaba de salir libre por pena cumplida. ¿Es ese aparato organizado de poder el que sigue impune?
No le puedo contestar, pero me llama la atención que el grupo de ACORE sigue presionando públicamente al presidente Santos para que les dé una escapadita. Yo no soy el único que piensa eso, también Human Rights Watch (HRW). Y toda la gente que se ocupa de Derechos Humanos, todos ellos creen que es así. La presión de ACORE ha hecho retroceder varias veces al presidente Santos, y eso indica que tienen mucha influencia. No sé si Santos contempla que ellos pudieran tomarse el poder, lo dudo. Pero podrían arruinarle todo el esquema. Santos sigue bajo presión, y creo que los de ACORE están tratando de salvar su pellejo.

¿Ese “salvar su pellejo” incluye medidas desestabilizadoras?
No, yo creo que no. Ellos siempre han dicho, y usted lo ha leído: “nosotros somos sirvientes del Estado. Si hicimos alguna cosa en forma errada, fue al servicio de la patria”. Tiene una cierta lógica, pero la cosa es que el Derecho Internacional Humanitario (DIH) establece que hay todo tipo de militares que cometen crímenes de lesa humanidad. Yo recuerdo haber leído un artículo que hablaba de unos militares que llegaron a un lugar y encontraron a ciertos hombres con uniforme de guerrilla, y no se les veía ningún balazo. Pero al quitarles la chaqueta, habían sido acribillados.

¿Deberían estar los autores de esos delitos, conocidos como ‘falsos positivos’, cobijados por el tribunal de la Justicia Especial de Paz (JEP)?
 ¡Claro que no! Y HRW y otras organizaciones están de acuerdo en que no debe ser así, y leí un informe de hace menos de una semana donde la HRW se opone, pero no solo en Colombia sino al nivel de la Corte Penal Internacional (CPI). Todos los esfuerzos de ACORE hoy están empeñados en torcerle el brazo al presidente Santos. Cuando yo llegué a Colombia, recuerdo haber leído un informe sobre la mendacidad de las Fuerzas Armadas. En un lugar, creo que era Antioquia, había una base militar y a medio kilómetro de ahí había una base de los paramilitares. Y los militares con una cara de yo no fui, decían ante la evidencia: “no es verdad”. Eso indica que en Colombia el poder de los militares es enorme.

¿Pueden las organizaciones de Derechos Humanos presionar por su lado para que esos crímenes de lesa humanidad no queden impunes?
Yo conozco gente de HRW y son personas decentes, muy creíbles, y están empujando. Si no fuera por la presión de HRW, al presidente Santos le habría quedado más fácil resolver el tema con ACORE. Pero en este momento está en una situación bien difícil. ¿Por qué? Porque Trump no sopla hacia Colombia con buena gana, y nadie sabe lo que pueda pasar. Los colombianos se metieron al proceso de paz creyéndole a Sergio Jaramillo, en cuanto a que la implementación de los acuerdos tomaría diez años. Y que habría mucha plata. Y Cárdenas puso la reforma tributaria, y mucha gente quedó descontenta con eso. Ciertos elementos del acuerdo de paz están cuestionados por personas serias. Seguir adelante como si no pasara nada, no es suficiente. Hay dudas en Colombia. Hay un tufo de corrupción poderosísimo, y eso le está haciendo mucho daño a Santos. En su discurso de posesión de 2014 Santos sacó una declaración donde dijo: “una de las cosas que no me gusta hacer es ir a Washington a limosnear”. Y cuando un laboratorio de Colombia le dijo que el glifosato sí hacía daño, inmediatamente paró la aspersión aérea. Y ahora se está dando cuenta de que esa decisión fue errada, demasiado apresurada. Y esto lo deja a él en una situación dificilísima.

¿Se refiere al aumento de los cultivos de coca en el país?
Santos es una persona a la que nunca le gustó la aspersión aérea sobre los cultivos de coca, no obstante que en Colombia se usa el glifosato en productos agrícolas que se consumen en la mesa. Después de más de cien pruebas hechas por científicos, nunca se llegó a concluir que estaba causando daño a la salud a personas que vivían cerca. Y súmele a esto que las FARC son muy inteligentes. Vieron que el gobierno estaba diciendo “en regiones donde hay coca vamos a poner plata para hacer cambio de cultivos”, y salieron ellos a amenazar con rifle a los tipos que estaban en las regiones de coca, a que plantaran más coca para traer más plata del gobierno. Es decir: las FARC pueden ser brutales, pero no son pendejos.

Cambio de tercio: usted habla en su libro de personas que le decían “no le tenga mucha confianza a Uribe, es un tipo ligado con los narcos, que apoya a los paramilitares”. Hoy, después de tantos años, ¿cree usted que Uribe apoyaba a los paramilitares… y viceversa?
Cuando yo fui a Antioquia a visitarlo siendo gobernador, él tenía una gran reputación como buen gobernador y gran político. Yo tenía varias preguntas que hacerle, y una de ellas era por qué le había dado el control de expedir licencias para avionetas a César Villegas, un tipo que estaba dándoles esos permisos a naves ligadas al narcotráfico. Era algo que él sabía perfectamente. Y bueno, me dijo que se puso a buscar en Colombia a ver si había alguien que sabía de aviación civil, y no había… Y me dijo que Villegas se había graduado para hacer eso en una universidad de Toronto, y que por eso le ofreció el puesto. Y le dije sí, entiendo lo primero. Pero lo que no entiendo es por qué no lo sacó. Y no pudo darme una respuesta creíble. Habló mucho, ‘cantinfló’.

¿Sabía usted además lo de las Convivir de Uribe, que nacieron precisamente en Antioquia?
Claro. Yo le dije “mire, eso de las Convivir no nos convence”. Él me dijo “es que no van a cargar armas. Serán personas de la región que estarán vigilando los bosques e informarán por radio que hay personas desconocidas en esos lugares”. No niego que me comí el cuento. Y con el pasar del tiempo me di cuenta de que era un señor extremamente hábil, pero muy creyente en lo de los paramilitares.

¿Usted cree que Uribe tuvo algo que ver con el auge del paramilitarismo en Colombia?
Por supuesto. Las Convivir fueron la raíz de lo que después se convirtió en un enorme problema. Cuando Uribe como presidente se dio cuenta de que ya los gringos estaban oliéndose todo, entonces decidió hacer el desarme de los paramilitares. Un desarme completamente chimbo, como usted sabe. Había unidades completas que nunca habían sido Convivir ni nada de esas cosas. Y Washington se quedó dormido.

¿Cómo así, usted cree que Washington fue alcahueta de Uribe en el tema de los paramilitares?
Sí.

¿Y eso por qué…?
Porque al acabarse esas acciones de Uribe y los paramilitares, se reduciría la violencia. Washington quería reducir la violencia en Colombia, y le comió el cuento. Es más, no le voy a decir ante quién, pero yo hablé con personas de muy alto nivel del Departamento de Estado a decirles “este señor Uribe les está vendiendo una historia falsa”. Yo nunca me olvido del pilón de armas que dejaron los paramilitares: muchas de ellas eran nuevas cuando Napoleón fue Emperador de Francia. Es decir, a otro perro con ese hueso. Pero Uribe tenía apoyo en el Congreso y EE UU quería reducir la violencia. Esas son razones de Estado con las cuales yo no concuerdo.

¿O sea que usted cree que quedaron estructuras paramilitares intactas después de esa supuesta negociación?
Es que se fueron a otros lugares. En lugar de seguir operando en los lugares donde habían estado, se fueron al sur y al este del país, a continuar sus fechorías. Ellos son los que ahora se dedican a la minería ilegal, a minería de piedras preciosas. Y mientras tanto el ELN muy feliz haciendo volar el oleoducto…

Teniendo en cuenta la inconformidad que usted siempre tuvo por igual hacia Ernesto Samper y Álvaro Uribe, ¿si le pusieran en una balanza a escoger entre ambos, con quién se quedaría?

Eso es un falso dilema. Samper solo tuvo un período de gobierno, mientras que Uribe consiguió que se cambiara la Constitución para que le permitieran un segundo período, y no contento ¡pidió un tercer período…! Pero el Congreso no le aguantó el sablazo.